Órale

14 Jun

Órale, va. Yo le entro a eso de la botella. Y si yo le entro, todos le entran, ¿eh, putos?  Nada de que se rajan, luego van a terminar hablándole a la Innombrable. No, wey, no. No quiero hablar de esa vieja. Mira, yo ya. Eso es del pasado. Ni eso, wey, en serio, aunque te rías, pendejo. Se los digo porque ustedes si son pura sangre, banda acá chida, mis placas, pues. Y neta, yo por mis placas, ¡uf!, ¡todooo!

Pinche, Carlos, cabrón, no te rías. Yo lo único, lo único que quiero es lo mejor para ustedes. Yo qué, wey. Yo ya me jodí. Lenin como quiera sobrevive. La vida me ha madreado cabrón, pero de los errores se aprende. Se aprende un chingo, wey. No, wey, no, no lo digo porque esté pedo. No me he echado ni una chela, wey. Mañana hay examen. Yo ya estudié un putero, la neta, pero quiero llegar acá chido, mañana. Que no, wey, que no he chupado nada. Yo estas cosas se las digo desde adentro. A ustedes también, chavas, aunque se hagan las que ni me pelen. Les juro por esta que no he conocido mejores chavas que ustedes, neta. Siempre ahí para ayudar a Lenin.

No, wey, no. No me voy a callar. ¡Tu puta madre se va a callar! Lenin no se calla nunca. Y yo sé, neta que yo sé que por eso así como que no he tenido así muchos compas. Pero me vale madres, wey. Yo como soy y a quien no le parezca, pues la bendición: En el nombre del Padre y a chingar a su madre. Yo no voy a cambiar por nadie, eso que quede bien pinche claro. Yo por eso sí los quiero mis placas, ustedes sí me valoran.

No, wey, pérate. Ahorita le hacemos a eso de la botella, deja termino. Bueno, no, tons no, wey. Ya no juego entonces. No, no hago berrinche, wey. Nomás ustedes que están de pinches necios, que la botella, que la botella, ¡que la puta botellaaa! ¿Y dónde queda la convivencia? ¿Qué-qué? ¿Convebencia? No mames convebencia. Esas son chingaderas, wey. Mira, yo con mis supuestos compas me empedaba así a cada rato, pero pues nunca hablábamos acá chido. Por eso los mandé a la verga. Por eso y porque me tenían envidia. No, pinche Brenda, aunque te rías. Tú segurito sabes de eso. Cuando al gente acá como tú y yo, le echamos huevos a la escuela, pues los demás se emputan. Que si qué matados, que si no sé qué, que si la chingada. ¿Sabes que digo yo a eso, Brenda? ¡Ladren, perros! ¡Ladren! No, wey, no, no es mamada. ¿O a poco no, Brenda? Lenin sabe quién es en la vida. Mis papás no me pusieron por nada este nombre rompemadres.

Ya pues, órale, con su pinche botella. Pero primero díganme cómo va la movida. No, wey, no sé. Te vale madres, puto. Ajá. Así que como quien dice uno pregunta y otro contesta. ¿Lo que sea? Pero lo que sea, ¿eh? No vayan a salir de galletones, que ay, no, que otra cosa. A ver, ya, dale a esa mamada. ¿Qué? ¿Ah? Yo le pregunto a Brenda. Ah no. Ella me pregunta mi. Con todo, pinche Brenda. Lenin te lo va a responder todo. No. De la Innombrable no. ¿Qué paso, Brenda? Eso es placa. No, wey, pinche Carlos, cabrón. Yo ya les dije que de esa vieja no quiero hablar ni madres. Esa vieja ya me hizo muchas mamadas. Yo a la vida sólo le pido lo que me merezco. Nada más, wey, nada más.

¿Qué? Bueno, va. Otra pregunta. Vas, Brenda. Ahora sí. Lo que sea pero no de la Innombrable. ¿Qué? Ah no. No mames. Eso es placa. Ni madres. No voy a hablar de eso. No, wey, no. Eso es placa. Cómo qué si ya lo hice. No voy a contestar eso. Me vale pito lo que piensen. Cómo hablar de sexo. Además que lo preguntes tú, Brenda. Ni madres. Cállate, pinche Carlos. No te rías. Yo no hablo de eso porque son mis principios, wey. Los tienes que respetar, pendejo. Ya, wey, ya. Sí, soy virgen, ¿y qué? Mira, yo hasta que lo haga lo voy a hacer con la mujer que de verdad amé así cabrón. Y sólo para tener hijos. Porque profanar el cuerpo de una mujer así… No, wey, no. Nomás porque es mi obligación de hombre, wey. A la mujer hay que saber respetarla. Yo no sé esos pendejos que se acuestan con sus novias antes de casarse. Neta qué asco, wey. Y no lo digo por ustedes, eh?

No, no, déjenme terminar. No, pinche Carlos, respeta mis ideas, wey. Pues te vale madres entonces. Yo ya mejor me voy mucho a la que ya conocen, putos. Si salieron todos iguales, pinche bola de hipócritas. Ni tú te salvas, pinche Brenda. Por juntarte con estos putos vas a terminar mal. Pero van a ver. Lenin estará solo, pero lo está porque está en la cima. ¿Eh? ¿Eh? Van a ver.

El examen dificilísimo y la no ida al baño

7 Mar

Salí desorientada del examen. No supe bien hacia dónde caminar o qué hacer. No supe, sobre todo, qué era lo que seguía. Estuve un buen rato parada entre los otros estudiantes que charlaban casi a gritos y luego me di cuenta que para no parecer tan perdida debía al menos sentarme. Fui hasta las escaleras y acomodé mi mochila entre las piernas. Respiré. Respiré de nuevo. Bien. Miré a todos esos otros que como yo habían presentado su examen y escuché a medias sus conversaciones sobre las absurdas preguntas de este. Una chica con velo se sentó a mi lado y comenzó a preguntarme cosas acerca de la prueba y sobre cómo me había ido. Mal, confesé con fatal sinceridad. Era cierto, me había ido mal (pésimo) pero me sentía aliviada, con un peso menos encima. Luego de largas semanas estudiando, al fin todo había acabado. Ya no podía hacer nada más. Podría ahora levantarme tarde, salir a cenar, ver series, leer novelas y no libros de historia y todo sin sentirme culpable por no estar estudiando. Se había acabado. Respiré.

Deseaba un cigarro pero no me animaba a prenderlo porque no sabía si ahí en medio del vestíbulo se podía, pero poco a poco los demás fueron encendiendo los suyos y para cuando todos salieron del examen en casi todos los grupitos de estudiantes había una o dos personas fumando. Encendí el mío. ¿Para los nervios?, preguntó la chica del velo. Asentí. Llevaba una rosa roja en las manos y me explicó que era para su marido, que también él presentaba el examen. Al cabo de un rato (medio cigarro), salió el marido. La chica se despidió y corrió a abrazarlo, no sin antes entregarle la rosa. Se marcharon tomados de la mano. Respiré.

Un par de chicos entonces se acercaron a pedirme fuego y comenzamos a platicar sobre lo difícil que había sido el examen; aquello me hizo sentir algo esperanzada. Bueno, al menos no había sido la única. Finalmente, salió mi amiga (esperarla, esa era mi misión al salir del examen, sólo que no me acordaba o no era consciente) e hicimos el camino hasta servicios escolares lamentándonos por cada maldita cosa que no habíamos sabido responder. En algún momento dije: No voy a pasar. Lo dije tranquila y muy segura de lo que decía.

Disfruté incluso el paseo por la universidad y, cuando me despedí de mi amiga, lo único que me preocupaba era dónde comprar unos cacahuates para el camino. Es más, encontré fascinante el viaje en el transporte público, que no iba ni vacío ni lleno, y en el que la gente era impersonalmente amable. Aunque en algún punto deseé haber traído un libro, pronto me entretuve leyendo los mensajes que los otros pasajeros enviaban. Incluso leí un par de contenido erótico.

Ya en el Primera Plus quise dormirme pero la película me mantuvo despierta. Era esa donde Julianne Moore es una lingüista muy afamada a la que luego le da alzheimer y todo es triste pero sobre todo desesperante. Lloré varias partes, cuando da un discurso y también cuando moja los pantalones. Me sentí triste por ella pero yo estaba tranquila. Cuando la película acabó, yo ya no tenía sueño. Me puse los audífonos e hice el resto del camino contemplando el paisaje. Angélica escribió diciendo que iría por mí. Respiré. Sonreí.

Por el Conín pensé en ir al baño pero me dije que ya no tenía caso, que era mejor ir ya en la central. Mientras me acercaba más y más a mi destino, comencé a recordar la sensación de auténtico dolor que me invadió en el examen por aguantar las ganas de orinar. Al principio me había parecido que podría resistir hasta el final de este porque había ido antes de que iniciara y, sobre todo, porque consideraba que yo, siendo tan buena como creía ser para los exámenes, saldría mucho antes del tiempo límite. La realidad es que para la mitad de la prueba, sentía ya una presión intensa en la parte baja de la espalda. Teníamos autorización para salir al baño pero comenzaba a temer que el tiempo no me iba a ser suficiente y no quería desperdiciar ningún precioso minuto. Pero acabé. Salí al baño y cuando volví hice el ensayo que también pedían.

Con el recuerdo del dolor, pronto me invadió también un algo de nostalgia por estar concluyendo mi viaje, sobre todo porque dado mi desempeño quizá era en verdad el final de toda mi aventura. Respiré.

Al llegar, Angélica aún no estaba, así que entré a uno de los baños de la sala de espera o al menos lo intenté. Una mujer entró antes que yo empujando los rodetes pero cuando yo lo hice no pasó nada. Ahí estuve empujando varias veces, hasta que detrás de mí se puso un hombre que también quería pasar. Con total resolución le expliqué que no había manera de entrar. Tienes que ponerle dinero, me dijo. Ah, musité. Me hice a un lado y vi como él metía cinco pesos en la ranura que indicaba un enorme letrero entre las puertas.

Me sentí estúpida. Estúpida. Estúpida.

Busqué dinero y lo introduje en la ranura, la puerta hizo un ruido y empujé. Nada. No funcionó. No pasaba nada. Empujé, empujé, empujé y volví a empujar y nada. Incluso intenté con la puerta de salida pero era imposible. De pronto apareció un grupo de personas y me tuve que ir. Alcancé a ver, no obstante, que pasaron sin problemas.

Estúpida. Estúpida. Estúpida.

Salí de la sala de espera desorientada, perdida en medio de la gente, sin saber hacia dónde caminar o qué hacer. Sin saber, sobre todo, qué era lo que seguía. Me sentía profundamente avergonzada, como si hubiera decepcionado al mundo entero por no haber sabido entrar al baño. Incluso noté que la cara me estaba enrojeciendo.

Pero luego llegó Angélica y dejé de sentirme perdida y, como quien regresa al hogar después de una horrible travesía, me solté a llorar. No tuve otra opción que confesar entre lágrimas que no iba a pasar el examen. Y esta vez no estaba tranquila y esta vez respirar no servía de nada. Y me dejé arrastrar por ella hasta el camión, hasta el restaurante (con baño) y hasta mi casa. Lloré y lloré como una niña pequeña a la que le importan demasiado las calificaciones, como si el mundo entero girara alrededor de ellas. En efecto no sabía a dónde ir porque aunque ya no estaba perdida en medio de la central, lo estaba en medio de mi vida. El viaje había acabado pero estaba de nuevo en el mismo lugar.

Por la noche soñé que hacía otra vez el examen y me sabía todas y cada una de las respuestas. Salía incluso cuando aún faltaba una hora. Entonces intentaba ir al baño pero no podía entrar porque no sabía poner el dinero en la ranura. Eran tantas las veces que lo intentaba y tanto el tiempo que pasaba, que finalmente me orinaba en los pantalones como Julianne Moore. Entonces entraban todos los otros estudiantes y se reían de mí por estúpida pero a mí no me importaba porque yo tenía todas bien en el examen y ellos no. Porque mi viaje apenas empezaba.

Desperté.

Taxis “rojos”

11 Jun

La agenda decía 11:30, llego al diez para las 12 pero me informan que el candidato sigue en Jurica. Pfff. La impuntualidad: lo único que me sigue molestando de este oficio pese a que yo misma incurro en ella. Todo siempre tan informal, tan poco profesional, tan… alahíseva. Busco protección bajo un árbol: el sol está cabrón. Unos cinco taxistas han pensado igual que yo y chacotean en la sombrita. Observo la larguísima hilera de taxis alrededor del estadio con sus respectivos chóferes al lado. Lucen fastidiados, cómo no. Me pongo a leer.

Los taxistas a mi lado algo comentan de las gorras, que si el reglamento prohíbe llevarlas pero que hoy se vale. Un hombre todo de rojo reparte playeras pero se escuchan algunas quejas: las playeras no tienen cuello, no sirven para trabajar. Ni modo, total, se las ponen encima de las que ya llevan. Se burlan unos de otros, las camisetas les quedan cortas. Alguien dice: Avísenle al candidato que el evento es con taxistas, tenemos panza, estas parecen ombligueras. Risas. Me ofrecen una playera pero la rechazo. Viene el clásico: ¿Y usted de dónde viene, señorita? Cierro el libro.

Murmuro confusas palabras. No, no trabajo en un periódico. Siempre es incómodo intentar explicar que trabajo en una agencia que vende fotos. La insistencia: ¿pero dónde van a salir? Digo nombres de medios pero con cierto remordimiento porque francamente no sé si saldrán publicadas. Digo el nombre de la agencia pero sé que no lo recordarán. Me lamento de no cargar con una tarjeta o al menos con un papel donde tenga apuntada la dirección. Los taxistas no quedan complacidos pero vuelven a lo suyo.

Uno se aparta y llega con tres tarjetas. Claramente tiene un sentido de la oportunidad más agudo que el mío. Para lo que se le ofrezca, señorita, y para que hable bien de nosotros. Me siento de pronto honrada por esta última frase y tomo las tarjetas con una sonrisa. Por lo general la gente deja de prodigarte atenciones cuando descubre que eres “sólo un fotógrafo” y no tienes el poder de “soltar periodicazos”. En cambio, se nos considera invasivos, estorbosos y poco favorecedores.

Los taxistas preguntan ahora que si en el periódico saldrá que el candidato lleva una hora de retraso. Río, rien. Pero no vaya a decir que lo dije yo, van a decir que somos del otro partido, aunque quien sabe… yo creo que es el que va a ganar. Más risas. Además estamos aquí por gusto, pues total, se burla uno. Ríen.

Me recuerdan mis idas a misa cuando era colegiala católica. Al principio agradecía no tener clase pero tras una hora bajo el sol (las misas eran en el patio) ya no podía contener mi disgusto y quería volver cuanto antes al salón.  Un chico pasa vendiendo paletas. Un taxista dice: ¿qué? ¿son gratis, ya las pagó el candidato? El chico niega, se queja. Otro dice: Va a llegar de aquel lado, vete para allá y cuando ya te las haya pagado, regresas.Observo aglomeración y sigo al chico. Chanchanchan. Llega el candidato. Son las 12:40.

Aunque sé que hace poco pegó ya muchos microperforados, el candidato aún parece inexperto y varios (todos) le quedan arrugados. Cada taxista está apostado a lado de su auto y la mayoría se limita a ver. Detecto en sus miradas irritación por las arrugas del plástico, ellos tan esmerados en tenerlos bien limpiecitos.

Uno de plano queda muy mal y el candidato le dice: ahorita se lo cambian y se sigue de largo. Tomo una maliciosa foto de los desperfectos. Alguien grita ¡cuter! y llegan chavitos rojos muy puestos a quitar el microperforado con un cuter baratón. Apunto con la cámara (maliciosa, muy maliciosa) y en eso a uno se le cae el cuter y una señora se acerca al taxista: Ahorita  que se vaya la prensa se lo cambiamos. Ah, todo es tan ridículamente mediático. El taxista acepta, el cuter se guarda y debo seguir caminando. Noto que el candidato no habla con los taxistas, sólo los saluda.

Unas mujeres con gorra roja se acercan y le dicen que el qué va a proponer, que si los taxis van a estar más baratos (eso mejor pidanselo a los chóferes, revira) que si va a bajar la gasolina (yo voy a ser gobernador, no presidente). Les pregunta que quién las mandó, dicen que nadie; él se ríe. Les dice que luego las escucha pero que ahorita lo agarraron “chambeando”. Insiste: De qué partido vienen. De ninguno. El candidato se dirige a la prensa (así, prensa en masa, porque realmente no mira a los ojos a nadie): A ver, ¿ustedes qué creen? Y un fotógrafo se mete cochinamente a defenderlo y se burla: No, cómo van a ser de otro partido, si hasta gorra traen. El candidato ríe.

Las señoras no hacen caso y preguntan si va a detener el robo de niños (¿cuáles niños?)  y su expresión es tan desagradable.. tan de total darle el avión a las señoras (enviadas o no) Aaaah, mira, ¿y entonces se los llevaron? ahhhh, mira. ¿Y usted como se llama y usted donde vive? Y, mientras tanto, unos dos o tres microperforados con sus respectivos dos o tres taxistas ignorados. Las señoras cambian de estrategia: Nosotros siempre hemos estado con usted, ¿Ah, sí? ¿y por qué yo no las he visto? Pfff. Desprecio tanto su falta de hipocresía, hipocresía que siempre he odiado por regla en toda la gente pero que sin embargo aprecio y valoro tanto en los políticos. Dado que todos mienten, me parece adecuado exigir mentiras de mejor calidad, ficciones más amables y esperanzadoras, no esta clase de espectáculos lamentables.

Unos chavos pegan microperforados en la parte de atrás de los autos y detecto, nuevamente, miradas inconformes entre los chóferes pues estos pegostes tapan los números del radiotaxi. Ni modo. Descubro que uno trae en el parachoques calcomanías del partido contrario, discretas pero evidentes, y me agacho para tener la toma de cuando peguen la del candidato rojo. Los chavos ya están a punto de pegarla, pero una señora (ah, las señoras, siempre las señoras) se mete y dice que quiten la del otro partido, que así no se puede. El taxista interviene y argumenta que no lo pueden quitar porque su jefe fue el que la pegó ahí. La señora dice que entonces no le peguen la del candidato y los pobres chavos no saben qué hacer. Yo disparo y la señora intenta persuadir al taxista diciendo que están (estoy) sacando fotos, pero el taxista está en modo total de me vale madres. Seguimos avanzando.

Un mirrey que está con el candidato detiene al chico de las paletas: ¿Cuánto por toda la caja? 600. Ahí está, repartelas entre todos. ¡Paletas gratis!, vocifera el chavo. Una horda de rojos se abalanzan.  Para cuando lleguemos a la sombra donde estaban los taxistas del principio, ya no quedará una sola paleta. Nos acercamos al final.

El taxista elegantioso que me ofreció su tarjeta le extiende también una al candidato. Para lo que se le ofrezca; el candidato a su vez le da una. Hay un par de taxis abandonados, el candidato dice, extrañado: ah, qué caray con estos chóferes invisibles y hay un tono de amenaza en su voz.

Los taxis se acaban. Bendito sea Dios.

Uno ofrece su taxi mixto para que los fotógrafos subamos y podamos sacar la foto colectiva, la oficial. Dicho chófer se ubica a la derecha del candidato y caigo entonces que se trata de ese que me preguntó si en el periódico saldría que el evento empezó tarde, el que creía que iba a ganar el del otro partido. Y ahora ahí, tan campante, amigo del candidato. Su hipocresía me repugna y también la mía, que estoy ahí, en el taxi mixto sacando una foto donde todos salen bellos.

En lo que se acomodan, uno le dice al candidato que quieren más placas y él se echa a reír: Ah, caray, esa propuesta no la he oído. De nuevo esa asquerosa falta de hipocresía. En fin. La chamba. Una de este lado y de este, y acá abajo, por favor. Los reporteros piden entrevista y se van a la sombrita. Un señor (que bien podría ser señora) le dice a un taxista que se acerque a oír la entrevista para que sea testigo de la facilidad de palabra del candidato. No aguanto más. Me marcho.

Al día siguiente un… ¿desayuno, almuerzo, comida? que empieza muy tarde y acaba muy pronto. otra farsa esta vez más estudiada y con una justa dosis de hipocresía que, me parece, no me alcanza a mí ni a la mayoría de los asistentes.

Ni modo.

Eso te pasa por berrinchuda

30 Ene

Todo en el hospital me daba náuseas. Ganas de cerrar los ojos y no volver a abrirlos nunca. Lo peor era cuando llegaba esa enfermera gorda de piel renegrida y cabello esponjado pintado de güero.

—A ver, mamacita, ya. Abre la boca.

Yo me hacía la sorda, la que no veía. La que no estaba. Apretaba los ojos y fruncía los labios. Ya la conocía. Se me iba encima, con la peste a sudor que le salía de las axilas y la grasa que le colgaba del cuello. Me agarraba la cara con sus dedotes anillados y me abría la boca. La cuchara me pegaba en los dientes, lastimaba las comisuras de la boca y la gelatina, sin terminar de cuajar, me resbalaba por la lengua.

Me daban ganas de llorar. No podía. Asma, dijo mamá cuando me internaron la primera vez. Si lloras no te vas a curar, chiquita. Tal vez era por eso, para compensar mis lágrimas, que mamá lloraba tanto.

La escuchaba recorrer el pasillo tambaleándose con los tacones altos, llegando siempre antes de que la enfermera terminara de retacarme la boca con la gelatina y comenzara con el puré de papa espantosamente frío. Aparecía en la puerta con el portafolios negro que tiraba de ella hacia el piso.

—Esa niña sigue sin querer comer. La tiene usted muy malcriada, oiga— le decía la enfermera a mamá mientras salía del cuarto arrastrando las chanclas. Mamá acercaba la silla de plástico, me plantaba un beso en el cachete y me acariciaba el pelo. Descargaba el portafolios sobre el suelo y sacaba a prisas la comida que metía de contrabando pidiéndome disculpas siempre. Disculpas por no haberme comprado algún juego, disculpas por tener que trabajar, por tardarse en llegar. Disculpas hasta por mi enfermedad.

Yo me bebía el jugo de naranja embotellado y daba mordiscos a las galletas de chocolate que en realidad no me sabían a nada. Luego siempre le decía:

—Mamá, sácame de aquí, por favor.

 Era entonces cuando se ponía a llorar; cuando las lágrimas le caían negras hasta mojar su traje sastre.

—Ay, chiquita, no puedo. ¿Qué quieres que yo haga? Ya no sé qué hacer. Tú tienes que aguantar, ya pronto te van a dar de alta, tienes que ser fuerte,  te tienes que poner buena.

Y seguía llorando, más, mucho más, con la cara hundida entre mis piernas.

—Pídele a Diosito para que ya te cures.

—Sí, mamá, sí —le mentía, pasándole los dedos por el cabello maltratado. Yo a Diosito no lo escuchaba ni él me escuchaba a mí. Se había quedado en el altar que teníamos debajo de las escaleras. —Mamá, ya no llores, por favor. Voy a aguantar, te lo prometo. Me voy a curar —volvía a mentir para que ella pudiera levantar la cabeza con una sonrisa temblándole en los labios. Le daban sólo una hora en el despacho y tenía que irse pronto, dejándome un par de galletas bajo la almohada y la promesa de volver antes de que yo me durmiera para leerme. Eso nunca lo cumplía. Tenía siempre muchas cosas que hacer.

Ese día, mamá no llegó. Su jefe no la dejó salir. La enfermera no sólo me hizo tragar la gelatina sino también el puré. Luego, la fruta dura y el yogurt agrio. Todo me lo tuve que comer y mamá no llegó.  Ahí estaba yo: la boca abierta, la boca cerrada. Masticaba poco y tragaba rápido.

—Que diferencia, nada más no viene tu mamá y te lo comes todo. No cabe duda que estás malcriada —dijo la enfermera luego de embutirme la última cucharada de yogurt. Me palmoteó la cara con su pesada mano y salió.

Me quedé así, quieta sobre la cama, asqueada, mirando el techo con una mancha de humedad justo sobre mi cara, imaginando el sonido de los tacones de mamá. Le pedí a Diosito que me sacara de ahí y le pregunté si sería que mamá estaba ya tan cansada que no vendría nunca más. Comencé a llorar. Mucho más que mamá pero con menos fuerza porque mis pulmones eran débiles. Sentí la presión en el pecho y empecé a boquear. Otra vez el botón rojo para pedir ayuda y la enfermera de siempre, la gorda de los anillos, yéndoseme encima con su sudor y su grasa para ponerme la máscara de oxígeno. Tenía una sonrisa que enseñaba agujeros negros entre los dientes.

—Ni modo, mamacita. Eso te pasa por berrinchuda.

Quítate el otro

19 Nov

Aún no terminábamos.

No recuerdo bien con qué pretexto, pero Julia se puso a hacer café. Me gustaba mirarla cuando se movía por la cocina: siempre tenía muy claro lo que debía hacer y lo hacía con pulcritud pero sin esfuerzo. Lavaba los trastes inmediatamente después de usarlos, pasaba el trapo por encima de la barra, cambiaba el agua del bote donde enjuagaba la esponja…

Sirvió las dos tazas y acercó a la barra el frasco con azúcar y dos cucharas. Sentada desde el otro lado de la barra, me incliné sobre ella para alcanzar mi taza. (No me gusta estar del otro lado, de su lado. La cocina es tan propia de ella, sólo entro cuando me invita). Endulcé mi café y pronto ella me quitó la cuchara. Fue a lavarla, claro. Sonreí.

Julia lavó las cucharas (ya había preparado su café también) y se llevó consigo la taza hasta el fregadero. Apoyó la cadera en el frío metal de la tina, levantó la taza hasta su boca y me miró. Me sonrojé. Reí con nerviosismo y luego ella también se puso roja. Recordé (recordamos) lo que ahí, en ese mismo sitio donde ahora Julia tomaba su café, había ocurrido.

Con permiso para pasar del otro lado, había distraído a Julia de sus labores y la había arrinconado contra el fregadero. Cuando los besos se tornaron insuficientes, desabroché su blusa. Cuando esto también fue insuficiente, Julia misma desabrochó su pantalón y lo dejó caer hasta las rodillas. Sentada desde el otro lado de la barra, saboreé mi café recordando las manos de Julia en mi nuca, exigentes.

Aún no terminábamos.

Se acabó el café. Tenía la garganta ligeramente escaldada por haberlo tomado tan rápido y caliente, pero me sentía satisfecha de haber concluido ya con esa parte del protocolo. Me levanté y con las manos apoyadas en la barra, impaciente, observé a Julia lavar las tazas. Siempre parecía tan serena cuando realizaba las labores del hogar, tan relajada e indiferente. ¡Nada qué ver con ese gesto serio y enfurruñado que hacía con las cejas cuando la veía trabajar frente a la computadora de la oficina! Cuando terminó, se secó las manos con un paño blanco, muy blanco, y me regaló una de esas sonrisas suyas, con muchos dientes y los ojos achicados, somnolientos.

Salió de la cocina y fue ahora ella la que se lanzó sobre mí. Me dejé llevar, ansiosa, hasta su habitación. Afortunadamente, la casa de Julia era pequeña y no teníamos que recorrer grandes distancias para un nuevo encuentro amoroso con escenario diferente. Ya sentada en la cama, atraje hacia mí a Julia que continuaba de pie e intenté besarla. Me rechazó. Volví a intentarlo y ella se apartó. Me di cuenta entonces de la expresión de horror que tenía en la cara. “¿Qué pasa?”, pregunté. Julia siguió petrificada. “¿Qué pasa?”, insistí. Noté que con una mano sujetaba la tela de su pantalón a la altura de la pantorrilla. “Se me metió un animal”, contestó al fin.

“¿Cómo que un animal?” “Sí, un animal. Creo que es una cucaracha.” El gesto de horror de Julia se transformó en uno de asco. “Lo tengo agarrado.” “Mátalo.” “Cómo lo voy a matar, no seas tonta. Tengo que quitarme el pantalón.” “Te ayudo.” “No, no, no, no.”

Mientras veía a Julia desabrocharse el pantalón (con una sola mano), comencé de veras a angustiarme. ¿Sería en serio una cucaracha? ¿Un alacrán? Peor aún, una lagartija. Julia y yo compartíamos un miedo irracional hacia ellas. “Te ayudo”, volví a sugerir, pero Julia me apartó. Tenía la cara encendida. Entre sus desesperados intentos por desnudarse, hacía pausas para recobrar aliento y maldecir. Finalmente tuve que ayudarla a quitarse los botines. Me arrodillé y saqué el primero. Luego el segundo. “Apúrate”, suplicó. No dejó de mantener la mano apretada sobre el pantalón hasta que se desprendió por completo de él.

Ya en ropa interior, Julia subió a la cama de un brinco y yo me quedé de rodillas frente a su ropa, a la espera de detectar algún movimiento. Levanté la mano con la idea de dejarla caer de golpe donde se suponía que estaba el animal, pero Julia me previno. “No, no, no, lo vas a apachurrar” Me puse de cuclillas entonces y tomé el pantalón de una de las pretinas. De pie, lo levanté rogando a Dios que no fuera a salir una lagartija y de pronto algo golpeó el suelo.

Dos bolitas café, una rueda dorada y un gancho.

“¡¿Qué es?!”

“Mi arete”

Lo recogí del suelo. No entendía nada. Miré a Julia en espera de una respuesta, pero ella estaba tan confundida como yo. Luego sonrío negando con la cabeza.

“¿Pero cómo…?”

“¿Qué no te acuerdas?”

Mi arete atrapado en el pantalón de Julia… claro: yo de rodillas, ella contra el fregadero. Me eché a reír. Doblada por la risa, avancé de espaldas hasta la pared. Julia se sonrojó y bajó de la cama para acallarme. “¡No te burles, el ganchito me raspaba!” Continúe carcajeándome hasta las lágrimas; Julia se fue contra mí con puros manotazos. Cuando esto fue insuficiente, se fue contra mí con ansiosas caricias. “Cállate, cállate.”

Recordé de pronto:

Aún no terminábamos.

Me besó con agresividad, mordiéndome los labios para acallar mis intentos de risa. Se pegó contra mí haciéndome desear que yo también estuviera medio desnuda. Recorrió con las manos mi espalda, me dirigió hasta la cama. Antes de recostarme por completo, se sentó a horcajadas sobre mí. Coloqué sobre el buró el arete que había levantado del piso y Julia me echó hacia atrás el cabello.

Sólo tuvo una última exigencia: “Quítate el otro.”

Obedecí.

La fotógrafa que quiso arruinar una boda (y mató a un pato)

5 Oct

Si la impuntualidad es signo de elegancia, soy la más vulgar y corriente de las mujeres.

De nuevo estoy a las puertas de un lugar sin que haya nadie esperándome. Entro con temor, con pena: mis pasos lentos son un modo de disculpa. No obstante, nadie me escucha. Nadie me mira. Hay gente en esta casa, ¿es correcto llamarla casa cuando asemeja a un palacio?, pero todos se ocupan por perfeccionar los detalles antes de la hora pactada, la cual claramente yo no respeté. Devoro con los ojos el jardín de la mansión, mientras avanzo por un corredor salpicado por dos imponentes fuentes.

¿Quién podrá vivir aquí? Un príncipe, una reina. Qué torpe de mi parte llegar tan temprano a lo que, me anticipo, es seguramente una cita romántica. Me detengo a medio corredor gozando aún de la brisa para observar al ejército de personitas que corren de aquí para allá llevando inmensos arreglos florales, mesas, sillas, manteles y vajillas blancas, blanquísimas.

Esto es una boda. ¿Mi boda? No. Bajo la mirada para contemplar mi atuendo. Visto de blanco, sí, pero mi vestido es corto (tres centímetros por encima de la rodilla). Sin guantes largos, sin velo, sin ramo. No luzco como una novia sino como la invitada indeseable dispuesta a arruinar la ceremonia con la sola imprudencia de vestir de blanco. Es esta, por tanto, la boda de un viejo amor. Y qué clase de amor, que se casa y encima ha tenido la desfachatez de invitarme, quizá a espaldas de su actual pareja.

Asumida en mi nueva posición de mujer fatal, llego hasta el final del jardín con andares que presumo despampanantes. Me contemplo un instante en una de las ventanas y me encuentro bellísima en blanco con mi vestimenta de ángel corruptor.  Ya adentro de la casa (casa, otra vez, es mansión, mansión) una edecán me detiene y pregunta si vengo de prensa. Sí, vengo de prensa. ¿Me hace el favor de registrarse? Sí, sí, claro. Nunca sé negarme a estas cosas. Me cuelgo un gafete rojo rojísimo.

Como siempre que se me hace temprano, de pronto es tarde, muy tarde. Intento avanzar al salón donde se celebrará la boda pero una marabunta de camarógrafos, reporteros y fotógrafos entra de espaldas por la puerta principal (el gobernador avanza de frente) y me arrojan con fuerza hacia otro salón.

Un mujerón de mucho caché y pelo pintado de rojo nos da la bienvenida. Y aquí podemos ver -pintura importante-, y aquí -jarrón chino- y acá -lámpara de cristal-. Es la dueña de la mansión. Quiero gritarle que debemos impedir la boda pero ella sigue hablando. Lo que de verdad quiero mostrarles son estas artesanías que yo misma hice y subastaré para apoyar al teletón.

Con desgano saco fotografías de sus penosas manualidades de señora rica. Recibo el habitual codazo de “estorbas” por parte de uno de los camarógrafos, luego de inclinarme sobre la mesa para sacar un primer plano de un lamentable monito hecho de alambres. Me hinco para no estorbar y el frío del piso me hiere las rodillas. Qué inapropiada mi ropa para venir a sacar fotos. Echo en falta de repente mis pantalones de mezclilla y zapatos de muchacho rudo, pero ay, extrañaba aún más usar vestido, tacones. Noto que los otros me miran pero no con deseo ni admiración, sino con extrañeza. No sólo llegué temprano (tarde) sino bien (mal) vestida.

A continuación, unas palabras del señor gobernador, Licenciado José Calzada Rovirosa. Aplausos. Amigas, amigos, quiero felicitar a X y Y (literalmente X y Y, e imagino entonces a mi amor y mi remplazo como en una infografía sobre los cromosomas, una de esas que salían en mi libro de Biología de la secundaria) por unir hoy sus vidas en matrimonio…

Salgo de ahí.

Cruzo el vestíbulo para llegar hasta el otro salón, el salón de la boda, pero la marabunta ahora me arroja hasta un auditorio. ¿Tan pronto terminó la presentación de la mujer? Detesto hasta la locura estos aburridos eventos en oscuros auditorios donde una hilera de hombrecitos trajeados recita una retahíla de palabras poco originales. Doy vueltas con fastidio. Los tacones se encajan en la alfombra y me hacen caminar con dificultad. Hace calor. El fotógrafo del gobernador se acerca y me dice: “Al final del evento, a todos los de la fuente nos van a dar unos patitos. No te vayas a quedar sin el tuyo”. Lo miro desconcertada pero asiento, como siempre suelo hacer. Saco fotos, camino, rodeo el auditorio, saco más fotos, vuelvo a estorbar a un camarógrafo. Aplausos. Esto por fin acabó.

Avanzo hasta la puerta con prisa pero me cortan el paso Aaron y Yunuen, cada uno con su respectivo patito entre los brazos. Son tan pequeñitos y tiernos. El de Aaron incluso hace cuac, cuac. Me conmuevo hasta lo ridículo y decido que yo también quiero uno. Yunuen me dice que debo ir a recogerlo al stand junto a las escaleras y luego ir a los fregaderos a lavarlo, porque te los entregan llenos de lodo. Sigo sus instrucciones y tras mostrar a la edecán (una diferente del principio pero como suele suceder con las de su oficio, prácticamente idéntica) mi gafete rojo rojísimo, esta me entrega a un patito calvo pero monísimo. La oleada de ternura hacia él me descoloca porque yo por regla general desprecio a los animales y, más aún, a los bebés, pero este patito es ahora mío y me siento tranquila mientras se revuelve contra mi pecho.

Voy hasta los fregaderos (de piedra, como en una vieja vecindad de Guanajuato) y coloco al patito debajo del grifo de agua. Me invade esa clase de alegría que hace que te duelan las mejillas de tanto sonreír. Acaricio a mi patito y poco a poco voy quitándole la mugre. El agua sigue corriendo. Cuac-cuac. El agua se va negruzca por la coladera. Cuac. CUAC. CUAC. El agua es ahora roja. CU-AC.

Podría continuar acariciando a mi patito, pero ya no hay tal. Sobre mis manos sólo hay un triste muslo de pollo mal frito. Ni siquiera parece rico. Parece más bien asqueroso. La clase de comida que sólo una tía malvada le haría comer a un niño. Me siento confundida por la aparición de ese desagradable pedazo de carne blanca en el fregadero, pero la ausencia de mi patito me lastima aún más. ¿Dónde está? Lo maté, comprendo de repente, porque el agua está toda pintada de rojo y mi vestido de mujer fatal lleva manchas de sangre por doquier.

Descorazonada, apoyo las manos en el fregadero y me echo a llorar como nunca antes, con berridos y alaridos. Nadie me escucha ni me ve, lo sé. Lo sé porque en un instante mi llanto es acallado por un clamor frenético que viene de lejos y, sin embargo, duele muy cerca: ¡Vivan los novios!

Terrorismo messiánico

21 Jul

No es fin de semana pero estoy en San Juan.

Hay bullicio en la plaza, la gente camina confundida hasta el atrio de la iglesia. Sobre él hay un tapanco y sobre el tapanco, un micrófono. El sol golpea despiadado nuestras cabezas y pronto, entre el tumulto, comienzo a sentirme asfixiada. Parece que habrá un espectáculo pero los rostros de la gente no lucen entusiasmados sino aterrorizados. Yo no sé qué pasa y me invaden fuertes oleadas de miedo. Tengo la total certeza de que algo horrible está por ocurrir.

A mi lado, comprimida entre una mujer muy gorda que debe ser su madre y yo, una niña de no más de seis años tiene los ojos cerrados con mucha fuerza. Recuerdo la angustia que sentía en mi infancia cuando mi madre me llevaba al mercado con ella y la multitud me resultaba agobiante. Quiero decirle a la señora gorda que levante en brazos a la niña pero de pronto ya no hay niña. Ya no la veo.

Levanto la vista y entiendo de golpe lo que está sucediendo. Unos diez, veinte, cincuenta, cien hombres con camisetas de rayas azules y blancas llenan por completo el tapanco. Ríen y gritan, sobre todo gritan. Sólo hay alguien que no lleva la camiseta albiceleste: un pálido señor de mejillas enjutas y barba gris. Un tipo bajito de aire altivo lo sujeta del pelo mientras otro muy dientón saca un cuchillo y se carcajea. El señor intenta soltarse, pero la turba messiánica lo somete. De un solo movimiento, el dientón corta una oreja al señor. Se la pasa al tipo bajito y este la arroja hacia donde estamos nosotros.

Nadie grita.

Ahora es el bajito quien cortará la otra oreja del señor. Los hombres del tapanco aplauden. Yo agacho la cabeza y me esfuerzo por salir de entre la multitud, aunque de pronto entiendo que es peligroso. A estos hombres les gusta realizar sus rituales frente a toda la población, matan a quien se atreve a irse. Por esto toda la gente acude en silencio a la plaza. No obstante, como yo, hay un par de valientes ¿o cobardes? que intentan emprender la huida. Doy la espalda al atrio y comienzo a caminar de prisa. Frente a mí veo de reojo a alguien conocido pero me da miedo llamarlo: no vaya a ser que nos maten, o peor, nos mutilen.

Más aplausos: comprendo que el señor se ha quedado ya sin orejas. ¿Por qué cortar orejas? Si estos hombres lo único que hacen es gritar, ¿tiene caso dejar sin oído a la gente? ¿O los gritos y aullidos son parte del ritual, una manera acaso de hacernos aún más conscientes de nuestra audición para luego aterrorizarnos con la posibilidad de perderla?

Ya en Madero, echo a correr hasta Tecnológico. Despavorida. Es de noche. Mi respiración agitada se oye por toda la calle. ¡Taxi! Me siento aliviada de que la conductora sea una vieja maestra de la escuela. Enciendo un cigarro. El auto traquetea y la taxista/maestra se echa a llorar. Porquéporquéporquéporquéporquéporquéporqué. Solloza. Suelta el volante. Me pide que baje. Perdió a su hija en la plaza. Pago y me bajo, aun cuando el taxi va en movimiento.

La casa de Angélica está cerca. Las paredes del camino de terracería que llevan hasta ahí están cubiertas de cruces. “Cruces paradas”, recuerdo que se llaman. Son el símbolo de los messíanicos. No obstante, la casa de Angélica tiene pintas, mas no de cruces. Ella vive en el segundo piso, pero escucho discutir en el primero a su casera con un hombre. Están acordando la renta. ¿Por qué?, me pregunto, si esta casa es de Angélica, ¿por qué tiene casera, para empezar?

Entro ignorando a la señora pero al subir las escaleras, veo a Angélica agazapada en el rellano con un dedo en los labios indicándome que no haga ruido. Luego señala la sala. Miro por primera vez al hombre que grita: claro, es un messiánico. Subo las escaleras con Angélica. Más gritos abajo. La mujer quiere tres mil pesos, el hombre sólo aceptará mil quinientos. Llevan así horas, me dice Angélica. Toma una mochila que ya ha preparado y apura su taza de café junto a la ventana. El olor es envolvente. Salimos al río por una escalera negra de metal.

Las calles están desoladas pero el rumor de la turba albiceleste se oye cerca. Vamos a mi casa. Hay mucha gente. Sé que mi madre salió de vacaciones a Acapulco y que mi abuela se quedó preparando tacos de salsa dulce para todos. La mayoría son refugiados, aunque algunos son parientes que tenía mucho de no ver. Mis primas me saludan con frialdad. Angélica y yo nos sentamos en la sala, arrinconadas sobre la alfombra frente al ventanal: los sillones están llenos. Hay gente en el comedor  y también en el vestíbulo y las escaleras. Unas vecinas ayudan a mi abuela en la cocina; noto que luce más joven, como cuando yo tenía seis años y mi madre me llevaba al mercado.

Nadie sabe qué es mejor, si quedarse en mi casa o intentar marcharse de la ciudad. Un compañero de trabajo asegura que él tiene que irse a Querétaro a cobrar su quincena, que podemos irnos con él. La madre de una amiga nos pide a todos que nos tomemos de la mano para rezar un rosario. Alguien grita: ¡No, ya llegó Morfeo!

Morfeo entra con sus enormes bototas y gabardina incluida a la sala. Mi abuela se acerca y le pregunta si quiere su vaso de coca con o sin hielo. Morfeo pide calma a todos; un vaso de agua de horchata a mi abuela. Hijole, no, aquí nomás pura coca. Morfeo asegura que todo estará bien, que la rebelión messiánica de las cruces paradas está siendo controlada, que todos debemos permanecer en el refugio y que pronto él vendrá a decirnos que ya no hay peligro en las calles. Angélica me da un codazo, me doy cuenta entonces: Morfeo tiene cinco orejas.

Sale con la misma velocidad con la que entró. En la calle el ruido aumenta. Pronto vemos a través del ventanal como los albicelestes corren gritando con furia. Son miles. Hay camiones quemados como en todo disturbio que se precie. Alguien llora en el comedor y unos niños juegan a las trais. El compañero de trabajo se levanta, si no voy a cobrar hoy la quincena, me descuentan el día.

Angélica cierra con fuerza los ojos y luego los abre, me sonríe. La casa huele a salsa dulce y un exquisito vaso de coca cola suda dejando un charquito de agua sobre la mesa. Hundo la cara en el cuello de Angélica. Cierro los ojos. Mi abuela ríe con las vecinas. El sol entra caliente por el ventanal, lo siento en la mejilla. De pronto me descubro muy cansada. Afuera los de las cruces paradas lloran la derrota. Abro los ojos y Angélica me sonríe enseñando los dientes. Me ofrece un trago de coca. Sí, diga. Le sonrío. Cierro los ojos.

Me duermo.

Al fin.