Archivo | septiembre, 2013

Julia

23 Sep

Lo que más me gusta de Julia es su trenza.

No podría reconocerla sin ella.  Mis ojos siempre la están buscando por toda la redacción, el periódico, la avenida Constituyentes, la ciudad entera.  Me gusta su cara sin pintar, la curva de su nuca, la marca roja que siempre le deja el bolso sobre el hombro, la manera en que tuerce la boca para sonreír, la voz que pone cuando descuelga el teléfono, el hábito que tiene de descalzarse cuando se sienta frente al escritorio, lo esbelta que parece cuando estira el cuerpo sentada y la trenza le cuelga del respaldo de la silla; pero ese detalle, el de la trenza, es el más importante de todos.

Alrededor de él, gira todo lo demás, lo prescindible. Es una trenza larga que empieza desde la coronilla y roza ocasionalmente el sitio donde creo a veces adivinar sus pezones a través de la ropa.  Es una trenza apretada que parece tirar de su frente y le confiere un aire de niña estricta,  aunque tenga la edad suficiente para tener una propia o hasta varias. Es una trenza oscura y gruesa, pesada; Julia la carga en la espalda con elegancia, con soberbia, siempre con la cabeza erguida.

Cuando se acerca a mi mesa y se apoya sobre la superficie con las palmas de las manos, la trenza le queda colgada y se balancea frente a mi cara, hipnotizante. Escucho con atención a Julia, tomo notas, más me vale, todos saben que es de temer; me veo obligada a fingir que Julia no me simpatiza, que su presencia en mi escritorio es invasiva, desagradable, hasta hago como que los post its que deja pegados sobre mi computadora me resultan desagradables, de mal gusto. Que la odio como todos los demás. Que no estoy absurdamente enamorada de ella.  Mi único atrevimiento consiste en decirle que sí a todo: pretendo pasar por hipócrita pero Julia me detecta inequívocamente sincera. Por eso cuando me encuentra en la calle, me saluda sujetándome de los brazos y cuando me besa en la mejilla, puedo oler el aroma a limpio que despide su trenza.

Lo más erótico de la trenza, sin embargo, radica en realidad en la posibilidad de deshacerla.

Me gusta imaginar a Julia sentada sobre su cama, un sillón, o la mismísima silla de su oficina desbaratandose el peinado. Siendo una trenza tan apretada, forzosamente al deshacerla Julia permanecería quieta para no sentir de golpe la descarga de dolor del cabello al moverse. La contemplo por encima de la laptop platicar encerrada con Mirna en la oficina de cristal de los jefes e imagino lo que sería ayudarla a despeinarse. O sin la ayuda, despeinarla sin más.  Tener su cabeza entre mis manos, pasar los dedos entre mechones quebrados de cabello y sentirla revolverse contra mí, la espalda arqueada y la cabeza echada hacia atrás. Me recreo en pensar  lo que sería pasar las yemas de los dedos por su cuero cabelludo y jugar a peinarle el pelo mientras ella cierra los ojos y aprieta los labios para no gemir demasiado alto.  El gesto de placer distorsionaría su cara de muñeca envejecida.

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Papeles

16 Sep

En el clóset había papeles. Dos pilas, dos montones, dos montañas. En el closet había un desmadre. En el resto del cuarto: la cama tendida, el tapete alineado y la mesa limpia. Sólo el clóset, los papeles y mi adicción a acumularlos. Sólo yo, en año nuevo, y encerrada en casa. Nada qué hacer. El momento ideal para creer que se puede volver a empezar y romper y tirar papeles.

Tomé un bonche y me senté sobre el piso frío junto al bote de basura. Romper y no mirar. Romper y no mirar. Papeles partidos en cuatro en el fondo oscuro del bote. Llevaba ya dos bolsas llenas hasta el tope, negras y pesadas, como si fueran ataúdes, pero los papeles no se acababan.

Yo rompía y rompía, los brazos adoloridos y la espalda tensa, pero ahí seguían. Dos pilas, dos montones, dos montañas de papeles, desgajándose hasta caer al piso. Hojas y hojas sin leer. Volantes de lugares a los que nunca fui, convocatorias de concursos en los que no participé, catálogos de cosas que nunca compré e invitaciones para fiestas que rechacé. Papeles por generación espontanea, guardados en un clóset y de ahí, a la basura. ¿Para qué guardarlos más?

Al coger un bonche de papeles, más caían. Se desbordaban, no cabían. Tapizaban el suelo. Tenía que pisar los papeles, poner el trasero sobre ellos. Pero no importaba, yo seguía con lo mío. Romper y no mirar. Romper y no mirar. Después de un rato me dije: Venga, romper y no llorar. Romper y no llorar. Y con todo, lloraba con los ojos hinchados, viendo a duras penas entre las lágrimas.

Al pararme de nuevo y pisar los papeles, patiné sobre mis sueños. Me agarré de la puerta del clóset, pero caí.  Caí dándome en la boca contra una de las hojas en blanco que nunca llené y las dos montañas de papeles me cayeron encima. ¡Plaf! Pataleé y agité los brazos pero por cada papel que apartaba, mil me caían encima.

No hubo más.