Dos Lupes (Primera parte)

30 Ene

Atrapada en el marco del espejo, está la imagen de la Lupe. El manto verde casi negro no alcanza a cubrir su vientre hinchado. Afuera hace rato que ha amanecido pero Margarita aún no sale del cuarto. Se desenreda el cabello húmedo mirándose al espejo con la ropa ya puesta. En el marco, pero de la puerta, está Tirirín. La mitad del pequeño cuerpo adentro y la mitad afuera: observa a Margarita con temor. Debería de estarse alistando también para ir a la escuela pero a ella se le pasaron las inscripciones. “¡Ni siquiera porque eres maestra!” No, ni siquiera por eso. Sin despegar la mirada de su reflejo, Margarita abre el cajón del tocador y con la mano revuelve entre el desorden hasta encontrar el lápiz labial. Quita la tapa con un solo movimiento y se pinta los labios con rapidez. Vuelve a guardar el lápiz. Sobre el tocador hay una gruesa veladora para la Lupe, pero Margarita nunca la enciende. En vez de eso, frunce y despega los labios; luego se acerca y deja un beso estampado sobre la imagen de la Lupe justo en el mismo lugar que el día anterior. Y el anterior. Y el anterior…

Sale descalza del cuarto. Para Tirirín no hay beso.

Cruza pasillos repletos de macetas rotas y cuartos atiborrados de triques pero esencialmente vacíos; todos los hermanos de Margarita se han marchado hace ya mucho tiempo. No quedan más que bicicletas oxidadas y balones de fútbol desinflados con los que nadie más jugará. Ni siquiera Tirirín. La casa envejece cada día más deprisa que el anterior y Margarita tiene que en verdad apresurarse mientras la recorre para llegar a la cocina.

El olor del café hirviendo apaga el de la humedad que trepa por las paredes. Mamá espera sentada: gorda, morena, viejísima. Margarita la saluda de beso pero sus labios apenas rozan la piel reseca de su madre: es todo parte del ritual. Mientras se sirve café de pie, Tirirín llega a la cocina. Se mete por debajo de la mesa y busca acurrucarse entre las faldas de Mamá. Margarita lo mira por primera vez en el día y con esa le basta. Se toma el café a largos sorbos y sale de la cocina.

-¡La bendición, niña!

Margarita vuelve y se hinca sobre el piso junto a Mamá. La oye murmurar largas oraciones que no comprende hasta que por fin hace la señal de la cruz y puede levantarse e irse ya sin despedir. En la sala recoge la bolsa y los zapatos que dejó ahí la noche anterior y sale a la calle taconeando.

 Imposible saber que tan tarde es, el cielo amaneció gris.  Las banquetas están resbaladizas y en la calle, la corriente de agua parece arrastrar los autos hacia adelante. Su camión no tarda en pasar pero va tan lleno que tiene que ir de pie, atrapada entre las pesadas petacas de dos mujeres de trenza que sí van sentadas y le recuerdan a su madre. A través de las ventanas sucias, Margarita sigue con la mirada los vericuetos del agua por la avenida. Siempre hacia abajo. Hacia la escuela. El camión deja atrás la estación, el parque; pasa por el mercado. Se detiene en un semáforo. Margarita deja de seguir al agua para voltear hacia el mercado. Los colores parecen deslavados; como titilantes velas a punto de apagarse. Jitomates, zanahorias, lechugas;  lonas azules y rosas; discos, ropa, cazuelas; y justo en la esquina, un hombre de sombrero negro.

A Margarita el corazón le da un flamazo.

Alcanza a pulsar el botón justo antes de que el semáforo se ponga en verde. Tropieza con las petacas, se hace paso entre la gente, baja del camión sin aliento. Los autos van tan deprisa que, de pie como está al borde de la banqueta, la salpican al pasar. Pero a Margarita sólo le importa llegar hasta la otra esquina. Hasta el hombre del sombrero negro. A la primera oportunidad sumerge las piernas y avanza entre el agua con dificultad. No ha llegado aún hasta la otra banqueta cuando el hombre voltea a mirarla.

No es Lupe.

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