Estrategias de combate oníricas

6 Feb

Estamos en guerra. Lo sé porque las calles lucen vacías y hay cadáveres sobre las aceras. Sé que estoy al mando porque camino confiada con una pistola muy grande en la mano (aunque ni siquiera sé cuál es su nombre o el calibre de sus balas). Un pelirrojo muy guapo camina frente a mí. Es muy alto y fornido y cuando por fin lo alcanzo, noto que lleva barba. Hace un amago de sonrisa.

Conversamos. Le digo que para mí es más fácil ir al centro de cómputo e imprimir ahí las constancias, pero él insiste en que trabajaríamos mejor en la biblioteca. En un cubículo, pienso. Digo. No sé. Hace tanto calor ahí, con esos ventanales tan amplios por donde entra el sol toda la tarde. ¿Por qué nunca podemos tener un invierno decente con frío de verdad? Aquí todo son mariconadas. En el centro de cómputo una mujer me detiene para pedirme un kleenex. Su nariz es un torrente de mocos. Encuentro odiosas a las personas ajenas a la institución que ocupan computadoras que nos pertenecen a nosotros, los encargados. Institución, qué palabra tan rimbombante. Pelirrojo Guapo, sin embargo, está de acuerdo conmigo. Nos marchamos sin pagar: estamos en guerra.

Constancias, mapas y reportes hechos, me encuentro con una rubia en el centro. Debo ponerla al día. No va a durar, me digo. O quien sabe, tiene una sonrisa ancha y muy blanca que deja a la vista sus encías; seguro luce muy agresiva mostrando los dientes con rabia. Le veo madera de villana mientras la oigo hablar de su extenso curriculum. El sol le ha manchado la cara y parece mucho mayor de lo que me dice que es. No importa. Le entrego sus papeles y el pastel que su madre le envió. Me da un beso en la mejilla y comenzamos a caminar hasta la base militar.

Es un edificio pintado de color bronce con un gigantesco globo terráqueo de oro en la punta. La fuente en la entrada salpica tanto que Rubia y yo debemos cubrirnos la cara. “¿Es aquí?”, pregunta Rubia. No lo sé. Inclino la cabeza con el ceño fruncido. Creo que este es el Tec Regional. Me excuso con Rubia diciendo que generalmente voy por Mariano Escobedo en el sentido contrario y que el cambio me ha desorientado (lo cual en parte es verdad, en ocasiones me encuentro yendo por calles conocidas en el  sentido contrario del habitual con la sensación de estar entrando en Narnia o el Callejón Diagon. Todo parece tan nuevo). Pelirrojo Guapo se queja de que la arquitectura de nuestra universidad sea tan ordinaria en comparación al Tec Regional y después cruzamos corriendo la fuente hasta el cuartel.

La guía de turistas explica que es justo aquí donde se asesinó al primer indio conchero y que a tan sólo tres cuadras es posible encontrar el monumento en su honor. Interrumpo su explicación para aclararle a los gringos que no, que el monumento se ha perdido, que se lo llevaron los rusos. Rubia, ahora con más manchas y más encías, aunque extrañamente más hermosa, se ríe bajito. La guía de turistas se echa a llorar. El monumento lo tenemos nosotros, almacenado en un Comercial Mexicana.

Pelirrojo Guapo luce serio junto a una lata de frijoles y un viejo letrero de Mamá Lucha. Me dice que la guerra ha terminado. Sólo necesitamos ir a firmar y entregar nuestro kardex. Perfecto. Nos sentamos por última vez en nuestra mesa favorita de la biblioteca y nos dividimos las ganancias.  Estamos a punto de despedirnos pero de pronto él sugiere que los soldados deben recibir alguna especie de compensación. Yo lo tranquilizo diciendo que escribiré al Papa Francisco para que les compre laptops a todos. “Pide también una para ti”, agrega señalándome con el dedo. ¡Es lo menos que puede hacer el Vaticano!  Me da las gracias por todo, un abrazo y un beso rasposo y húmedo en la comisura de los labios.

Me alejo sonriendo, aunque no tanto como Rubia, que con sus enormes encías se acerca hacia mí.

 

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