Archivo | marzo, 2014

Dos Lupes (tercera parte)

28 Mar

Primera parte aquí.

Segunda parte aquí.

Ya es de noche. El camión va lleno pero como Margarita subió en la primera parada, aún alcanzó lugar. Ahora la gente se apretuja de pie por el pasillo y un intoxicante olor a humedad llega hasta la nariz de Margarita: mucha gente ha subido al camión escapando de la lluvia. Ella está toda seca, se compró unos zapatos nuevos en una tienda de la central.

A su lado va sentada una niña. Tiene el cabello largo hasta la cintura recogido en una cola de caballo y los ojos muy saltones. Margarita nota que todo el tiempo la está mirando, está como hipnotizada esperando a que ella le vuelva a sonreír. Se siente incómoda y mira por la ventana esperando llegar pronto al siguiente pueblo, su destino.

No volvió a casa para despedirse de Mamá, se fue directito a la central, no fuera a ser que luego se arrepintiera. Llamó desde ahí a una vecina:

-Por favor, Doña Elo, nada le cuesta ir ahorita con mi mamá… No le creo que siga lloviendo… Andele, ¿ya ve? Por favor, dígale a mi mamá que ando de viaje, que no sé cuando vuelva… Pues claro que ya avisé en la escuela, Doña Elo, me va a cubrir Ana… Ay, no empiece con lo mismo de siempre. Mi mamá es muy feliz con ese niño… No, no, no… Mire, Doña Elo, ya párele, ¿va a ir sí o no con mi mamá? Si no para llamarle a alguien más…. Gracias… No, todavía no sé cuando vuelva, yo le llamo en unos días… Gracias. Adiós.

Claro que no llamó a la escuela y ni siquiera sabe si Ana podrá cubrirla: no le importa. En cuanto compró el boleto del camión se sintió inmensamente tranquila, segura de que al final de aquel viaje volvería a estar con Lupe.

Aun queda más de una hora para llegar. La niña sigue mirándola con exigencia y Margarita le acaricia la frente como suele hacer con algunos de sus alumnos pero nunca con Tirirín. El camión da un enfrenón y luego sigue avanzando por la empinada carretera, pero la niña alcanza a dar un pequeño grito. Margarita se tensa y  suelta a la niña. La embarga la misma desolación que sintió al percatarse que el hombre del mercado no era Lupe. Recuerda, de golpe, que al pasar por la central no se persignó frente a la inmensa imagen de la Lupe.

Se hunde en el asiento y cierra los ojos. Es un mal presagio, está segura.

Dos Lupes (Segunda parte)

10 Mar

Primera parte aquí

Era una iglesia pintada de rojo ladrillo. Desde donde estaba, Margarita podía ver cómo el calor se levantaba desde los adoquines del atrio y consumía lentamente al montón de peregrinas arremolinadas en torno a la puerta de la iglesia. Ella había decidido esperar lejos, sentada en una de las bancas de la plaza. Le disgustaban las demás. Tenía la fantasía secreta de que siguieran su camino hasta la Basílica sin ella y así no tener que regresar a casa nunca. Extraviarse. Perdérsele a las pereginas y perdérsele a Mamá y Tirirín. Ir a ver a la virgen era sólo un pretexto. El único pretexto que podía permitirse desde que Tirirín había nacido.

Había mucha gente en la plaza: los que salían de misa o los que volvían del mercado. Margarita no los miraba, estaba hipnotizada con los ojos fijos en la iglesia. Tenía la boca seca y se sentía mareada. Sabía que debía ir hasta la iglesia con las demás para que le dieran de comer pero no quería moverse, quería quedarse ahí hasta volverse de piedra.

No vio al hombre de negro recargado en una de las farolas. Parecía un emisario del Diablo. Sombrero negro, camisa negra, pantalón negro, botas negras. Y hacía tanto calor. Margarita no lo veía pero la gente murmuraba cosas cuando pasaba a su lado, lo señalaban con timidez desde la distancia. Nunca nadie lo había visto por ahí. Si se le miraba con atención era fácil descubrir que en las manos llevaba un montón de estampas de la Virgen de Guadalupe, pero todos se cuidaban de no mirarlo demasiado; no querían que él se diera cuenta.

Pero no hubiera importado. Él sólo miraba a Margarita. Recorrió la plaza a lentas zancadas y se plantó junto a ella. Su sombra quedó proyectada en el suelo pero no alcanzó ni siquiera a cubrir un solo centímetro de la piel de Margarita. Tal vez por eso ella no se dio cuenta de su presencia sino hasta que el preguntó:

-¿Una estampa, morenita?

Margarita quedó cegada por el sol al alzar la mirada pero igual extendió la mano.