Terrorismo messiánico

21 Jul

No es fin de semana pero estoy en San Juan.

Hay bullicio en la plaza, la gente camina confundida hasta el atrio de la iglesia. Sobre él hay un tapanco y sobre el tapanco, un micrófono. El sol golpea despiadado nuestras cabezas y pronto, entre el tumulto, comienzo a sentirme asfixiada. Parece que habrá un espectáculo pero los rostros de la gente no lucen entusiasmados sino aterrorizados. Yo no sé qué pasa y me invaden fuertes oleadas de miedo. Tengo la total certeza de que algo horrible está por ocurrir.

A mi lado, comprimida entre una mujer muy gorda que debe ser su madre y yo, una niña de no más de seis años tiene los ojos cerrados con mucha fuerza. Recuerdo la angustia que sentía en mi infancia cuando mi madre me llevaba al mercado con ella y la multitud me resultaba agobiante. Quiero decirle a la señora gorda que levante en brazos a la niña pero de pronto ya no hay niña. Ya no la veo.

Levanto la vista y entiendo de golpe lo que está sucediendo. Unos diez, veinte, cincuenta, cien hombres con camisetas de rayas azules y blancas llenan por completo el tapanco. Ríen y gritan, sobre todo gritan. Sólo hay alguien que no lleva la camiseta albiceleste: un pálido señor de mejillas enjutas y barba gris. Un tipo bajito de aire altivo lo sujeta del pelo mientras otro muy dientón saca un cuchillo y se carcajea. El señor intenta soltarse, pero la turba messiánica lo somete. De un solo movimiento, el dientón corta una oreja al señor. Se la pasa al tipo bajito y este la arroja hacia donde estamos nosotros.

Nadie grita.

Ahora es el bajito quien cortará la otra oreja del señor. Los hombres del tapanco aplauden. Yo agacho la cabeza y me esfuerzo por salir de entre la multitud, aunque de pronto entiendo que es peligroso. A estos hombres les gusta realizar sus rituales frente a toda la población, matan a quien se atreve a irse. Por esto toda la gente acude en silencio a la plaza. No obstante, como yo, hay un par de valientes ¿o cobardes? que intentan emprender la huida. Doy la espalda al atrio y comienzo a caminar de prisa. Frente a mí veo de reojo a alguien conocido pero me da miedo llamarlo: no vaya a ser que nos maten, o peor, nos mutilen.

Más aplausos: comprendo que el señor se ha quedado ya sin orejas. ¿Por qué cortar orejas? Si estos hombres lo único que hacen es gritar, ¿tiene caso dejar sin oído a la gente? ¿O los gritos y aullidos son parte del ritual, una manera acaso de hacernos aún más conscientes de nuestra audición para luego aterrorizarnos con la posibilidad de perderla?

Ya en Madero, echo a correr hasta Tecnológico. Despavorida. Es de noche. Mi respiración agitada se oye por toda la calle. ¡Taxi! Me siento aliviada de que la conductora sea una vieja maestra de la escuela. Enciendo un cigarro. El auto traquetea y la taxista/maestra se echa a llorar. Porquéporquéporquéporquéporquéporquéporqué. Solloza. Suelta el volante. Me pide que baje. Perdió a su hija en la plaza. Pago y me bajo, aun cuando el taxi va en movimiento.

La casa de Angélica está cerca. Las paredes del camino de terracería que llevan hasta ahí están cubiertas de cruces. “Cruces paradas”, recuerdo que se llaman. Son el símbolo de los messíanicos. No obstante, la casa de Angélica tiene pintas, mas no de cruces. Ella vive en el segundo piso, pero escucho discutir en el primero a su casera con un hombre. Están acordando la renta. ¿Por qué?, me pregunto, si esta casa es de Angélica, ¿por qué tiene casera, para empezar?

Entro ignorando a la señora pero al subir las escaleras, veo a Angélica agazapada en el rellano con un dedo en los labios indicándome que no haga ruido. Luego señala la sala. Miro por primera vez al hombre que grita: claro, es un messiánico. Subo las escaleras con Angélica. Más gritos abajo. La mujer quiere tres mil pesos, el hombre sólo aceptará mil quinientos. Llevan así horas, me dice Angélica. Toma una mochila que ya ha preparado y apura su taza de café junto a la ventana. El olor es envolvente. Salimos al río por una escalera negra de metal.

Las calles están desoladas pero el rumor de la turba albiceleste se oye cerca. Vamos a mi casa. Hay mucha gente. Sé que mi madre salió de vacaciones a Acapulco y que mi abuela se quedó preparando tacos de salsa dulce para todos. La mayoría son refugiados, aunque algunos son parientes que tenía mucho de no ver. Mis primas me saludan con frialdad. Angélica y yo nos sentamos en la sala, arrinconadas sobre la alfombra frente al ventanal: los sillones están llenos. Hay gente en el comedor  y también en el vestíbulo y las escaleras. Unas vecinas ayudan a mi abuela en la cocina; noto que luce más joven, como cuando yo tenía seis años y mi madre me llevaba al mercado.

Nadie sabe qué es mejor, si quedarse en mi casa o intentar marcharse de la ciudad. Un compañero de trabajo asegura que él tiene que irse a Querétaro a cobrar su quincena, que podemos irnos con él. La madre de una amiga nos pide a todos que nos tomemos de la mano para rezar un rosario. Alguien grita: ¡No, ya llegó Morfeo!

Morfeo entra con sus enormes bototas y gabardina incluida a la sala. Mi abuela se acerca y le pregunta si quiere su vaso de coca con o sin hielo. Morfeo pide calma a todos; un vaso de agua de horchata a mi abuela. Hijole, no, aquí nomás pura coca. Morfeo asegura que todo estará bien, que la rebelión messiánica de las cruces paradas está siendo controlada, que todos debemos permanecer en el refugio y que pronto él vendrá a decirnos que ya no hay peligro en las calles. Angélica me da un codazo, me doy cuenta entonces: Morfeo tiene cinco orejas.

Sale con la misma velocidad con la que entró. En la calle el ruido aumenta. Pronto vemos a través del ventanal como los albicelestes corren gritando con furia. Son miles. Hay camiones quemados como en todo disturbio que se precie. Alguien llora en el comedor y unos niños juegan a las trais. El compañero de trabajo se levanta, si no voy a cobrar hoy la quincena, me descuentan el día.

Angélica cierra con fuerza los ojos y luego los abre, me sonríe. La casa huele a salsa dulce y un exquisito vaso de coca cola suda dejando un charquito de agua sobre la mesa. Hundo la cara en el cuello de Angélica. Cierro los ojos. Mi abuela ríe con las vecinas. El sol entra caliente por el ventanal, lo siento en la mejilla. De pronto me descubro muy cansada. Afuera los de las cruces paradas lloran la derrota. Abro los ojos y Angélica me sonríe enseñando los dientes. Me ofrece un trago de coca. Sí, diga. Le sonrío. Cierro los ojos.

Me duermo.

Al fin.

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