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Quítate el otro

19 Nov

Aún no terminábamos.

No recuerdo bien con qué pretexto, pero Julia se puso a hacer café. Me gustaba mirarla cuando se movía por la cocina: siempre tenía muy claro lo que debía hacer y lo hacía con pulcritud pero sin esfuerzo. Lavaba los trastes inmediatamente después de usarlos, pasaba el trapo por encima de la barra, cambiaba el agua del bote donde enjuagaba la esponja…

Sirvió las dos tazas y acercó a la barra el frasco con azúcar y dos cucharas. Sentada desde el otro lado de la barra, me incliné sobre ella para alcanzar mi taza. (No me gusta estar del otro lado, de su lado. La cocina es tan propia de ella, sólo entro cuando me invita). Endulcé mi café y pronto ella me quitó la cuchara. Fue a lavarla, claro. Sonreí.

Julia lavó las cucharas (ya había preparado su café también) y se llevó consigo la taza hasta el fregadero. Apoyó la cadera en el frío metal de la tina, levantó la taza hasta su boca y me miró. Me sonrojé. Reí con nerviosismo y luego ella también se puso roja. Recordé (recordamos) lo que ahí, en ese mismo sitio donde ahora Julia tomaba su café, había ocurrido.

Con permiso para pasar del otro lado, había distraído a Julia de sus labores y la había arrinconado contra el fregadero. Cuando los besos se tornaron insuficientes, desabroché su blusa. Cuando esto también fue insuficiente, Julia misma desabrochó su pantalón y lo dejó caer hasta las rodillas. Sentada desde el otro lado de la barra, saboreé mi café recordando las manos de Julia en mi nuca, exigentes.

Aún no terminábamos.

Se acabó el café. Tenía la garganta ligeramente escaldada por haberlo tomado tan rápido y caliente, pero me sentía satisfecha de haber concluido ya con esa parte del protocolo. Me levanté y con las manos apoyadas en la barra, impaciente, observé a Julia lavar las tazas. Siempre parecía tan serena cuando realizaba las labores del hogar, tan relajada e indiferente. ¡Nada qué ver con ese gesto serio y enfurruñado que hacía con las cejas cuando la veía trabajar frente a la computadora de la oficina! Cuando terminó, se secó las manos con un paño blanco, muy blanco, y me regaló una de esas sonrisas suyas, con muchos dientes y los ojos achicados, somnolientos.

Salió de la cocina y fue ahora ella la que se lanzó sobre mí. Me dejé llevar, ansiosa, hasta su habitación. Afortunadamente, la casa de Julia era pequeña y no teníamos que recorrer grandes distancias para un nuevo encuentro amoroso con escenario diferente. Ya sentada en la cama, atraje hacia mí a Julia que continuaba de pie e intenté besarla. Me rechazó. Volví a intentarlo y ella se apartó. Me di cuenta entonces de la expresión de horror que tenía en la cara. “¿Qué pasa?”, pregunté. Julia siguió petrificada. “¿Qué pasa?”, insistí. Noté que con una mano sujetaba la tela de su pantalón a la altura de la pantorrilla. “Se me metió un animal”, contestó al fin.

“¿Cómo que un animal?” “Sí, un animal. Creo que es una cucaracha.” El gesto de horror de Julia se transformó en uno de asco. “Lo tengo agarrado.” “Mátalo.” “Cómo lo voy a matar, no seas tonta. Tengo que quitarme el pantalón.” “Te ayudo.” “No, no, no, no.”

Mientras veía a Julia desabrocharse el pantalón (con una sola mano), comencé de veras a angustiarme. ¿Sería en serio una cucaracha? ¿Un alacrán? Peor aún, una lagartija. Julia y yo compartíamos un miedo irracional hacia ellas. “Te ayudo”, volví a sugerir, pero Julia me apartó. Tenía la cara encendida. Entre sus desesperados intentos por desnudarse, hacía pausas para recobrar aliento y maldecir. Finalmente tuve que ayudarla a quitarse los botines. Me arrodillé y saqué el primero. Luego el segundo. “Apúrate”, suplicó. No dejó de mantener la mano apretada sobre el pantalón hasta que se desprendió por completo de él.

Ya en ropa interior, Julia subió a la cama de un brinco y yo me quedé de rodillas frente a su ropa, a la espera de detectar algún movimiento. Levanté la mano con la idea de dejarla caer de golpe donde se suponía que estaba el animal, pero Julia me previno. “No, no, no, lo vas a apachurrar” Me puse de cuclillas entonces y tomé el pantalón de una de las pretinas. De pie, lo levanté rogando a Dios que no fuera a salir una lagartija y de pronto algo golpeó el suelo.

Dos bolitas café, una rueda dorada y un gancho.

“¡¿Qué es?!”

“Mi arete”

Lo recogí del suelo. No entendía nada. Miré a Julia en espera de una respuesta, pero ella estaba tan confundida como yo. Luego sonrío negando con la cabeza.

“¿Pero cómo…?”

“¿Qué no te acuerdas?”

Mi arete atrapado en el pantalón de Julia… claro: yo de rodillas, ella contra el fregadero. Me eché a reír. Doblada por la risa, avancé de espaldas hasta la pared. Julia se sonrojó y bajó de la cama para acallarme. “¡No te burles, el ganchito me raspaba!” Continúe carcajeándome hasta las lágrimas; Julia se fue contra mí con puros manotazos. Cuando esto fue insuficiente, se fue contra mí con ansiosas caricias. “Cállate, cállate.”

Recordé de pronto:

Aún no terminábamos.

Me besó con agresividad, mordiéndome los labios para acallar mis intentos de risa. Se pegó contra mí haciéndome desear que yo también estuviera medio desnuda. Recorrió con las manos mi espalda, me dirigió hasta la cama. Antes de recostarme por completo, se sentó a horcajadas sobre mí. Coloqué sobre el buró el arete que había levantado del piso y Julia me echó hacia atrás el cabello.

Sólo tuvo una última exigencia: “Quítate el otro.”

Obedecí.

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La fotógrafa que quiso arruinar una boda (y mató a un pato)

5 Oct

Si la impuntualidad es signo de elegancia, soy la más vulgar y corriente de las mujeres.

De nuevo estoy a las puertas de un lugar sin que haya nadie esperándome. Entro con temor, con pena: mis pasos lentos son un modo de disculpa. No obstante, nadie me escucha. Nadie me mira. Hay gente en esta casa, ¿es correcto llamarla casa cuando asemeja a un palacio?, pero todos se ocupan por perfeccionar los detalles antes de la hora pactada, la cual claramente yo no respeté. Devoro con los ojos el jardín de la mansión, mientras avanzo por un corredor salpicado por dos imponentes fuentes.

¿Quién podrá vivir aquí? Un príncipe, una reina. Qué torpe de mi parte llegar tan temprano a lo que, me anticipo, es seguramente una cita romántica. Me detengo a medio corredor gozando aún de la brisa para observar al ejército de personitas que corren de aquí para allá llevando inmensos arreglos florales, mesas, sillas, manteles y vajillas blancas, blanquísimas.

Esto es una boda. ¿Mi boda? No. Bajo la mirada para contemplar mi atuendo. Visto de blanco, sí, pero mi vestido es corto (tres centímetros por encima de la rodilla). Sin guantes largos, sin velo, sin ramo. No luzco como una novia sino como la invitada indeseable dispuesta a arruinar la ceremonia con la sola imprudencia de vestir de blanco. Es esta, por tanto, la boda de un viejo amor. Y qué clase de amor, que se casa y encima ha tenido la desfachatez de invitarme, quizá a espaldas de su actual pareja.

Asumida en mi nueva posición de mujer fatal, llego hasta el final del jardín con andares que presumo despampanantes. Me contemplo un instante en una de las ventanas y me encuentro bellísima en blanco con mi vestimenta de ángel corruptor.  Ya adentro de la casa (casa, otra vez, es mansión, mansión) una edecán me detiene y pregunta si vengo de prensa. Sí, vengo de prensa. ¿Me hace el favor de registrarse? Sí, sí, claro. Nunca sé negarme a estas cosas. Me cuelgo un gafete rojo rojísimo.

Como siempre que se me hace temprano, de pronto es tarde, muy tarde. Intento avanzar al salón donde se celebrará la boda pero una marabunta de camarógrafos, reporteros y fotógrafos entra de espaldas por la puerta principal (el gobernador avanza de frente) y me arrojan con fuerza hacia otro salón.

Un mujerón de mucho caché y pelo pintado de rojo nos da la bienvenida. Y aquí podemos ver -pintura importante-, y aquí -jarrón chino- y acá -lámpara de cristal-. Es la dueña de la mansión. Quiero gritarle que debemos impedir la boda pero ella sigue hablando. Lo que de verdad quiero mostrarles son estas artesanías que yo misma hice y subastaré para apoyar al teletón.

Con desgano saco fotografías de sus penosas manualidades de señora rica. Recibo el habitual codazo de “estorbas” por parte de uno de los camarógrafos, luego de inclinarme sobre la mesa para sacar un primer plano de un lamentable monito hecho de alambres. Me hinco para no estorbar y el frío del piso me hiere las rodillas. Qué inapropiada mi ropa para venir a sacar fotos. Echo en falta de repente mis pantalones de mezclilla y zapatos de muchacho rudo, pero ay, extrañaba aún más usar vestido, tacones. Noto que los otros me miran pero no con deseo ni admiración, sino con extrañeza. No sólo llegué temprano (tarde) sino bien (mal) vestida.

A continuación, unas palabras del señor gobernador, Licenciado José Calzada Rovirosa. Aplausos. Amigas, amigos, quiero felicitar a X y Y (literalmente X y Y, e imagino entonces a mi amor y mi remplazo como en una infografía sobre los cromosomas, una de esas que salían en mi libro de Biología de la secundaria) por unir hoy sus vidas en matrimonio…

Salgo de ahí.

Cruzo el vestíbulo para llegar hasta el otro salón, el salón de la boda, pero la marabunta ahora me arroja hasta un auditorio. ¿Tan pronto terminó la presentación de la mujer? Detesto hasta la locura estos aburridos eventos en oscuros auditorios donde una hilera de hombrecitos trajeados recita una retahíla de palabras poco originales. Doy vueltas con fastidio. Los tacones se encajan en la alfombra y me hacen caminar con dificultad. Hace calor. El fotógrafo del gobernador se acerca y me dice: “Al final del evento, a todos los de la fuente nos van a dar unos patitos. No te vayas a quedar sin el tuyo”. Lo miro desconcertada pero asiento, como siempre suelo hacer. Saco fotos, camino, rodeo el auditorio, saco más fotos, vuelvo a estorbar a un camarógrafo. Aplausos. Esto por fin acabó.

Avanzo hasta la puerta con prisa pero me cortan el paso Aaron y Yunuen, cada uno con su respectivo patito entre los brazos. Son tan pequeñitos y tiernos. El de Aaron incluso hace cuac, cuac. Me conmuevo hasta lo ridículo y decido que yo también quiero uno. Yunuen me dice que debo ir a recogerlo al stand junto a las escaleras y luego ir a los fregaderos a lavarlo, porque te los entregan llenos de lodo. Sigo sus instrucciones y tras mostrar a la edecán (una diferente del principio pero como suele suceder con las de su oficio, prácticamente idéntica) mi gafete rojo rojísimo, esta me entrega a un patito calvo pero monísimo. La oleada de ternura hacia él me descoloca porque yo por regla general desprecio a los animales y, más aún, a los bebés, pero este patito es ahora mío y me siento tranquila mientras se revuelve contra mi pecho.

Voy hasta los fregaderos (de piedra, como en una vieja vecindad de Guanajuato) y coloco al patito debajo del grifo de agua. Me invade esa clase de alegría que hace que te duelan las mejillas de tanto sonreír. Acaricio a mi patito y poco a poco voy quitándole la mugre. El agua sigue corriendo. Cuac-cuac. El agua se va negruzca por la coladera. Cuac. CUAC. CUAC. El agua es ahora roja. CU-AC.

Podría continuar acariciando a mi patito, pero ya no hay tal. Sobre mis manos sólo hay un triste muslo de pollo mal frito. Ni siquiera parece rico. Parece más bien asqueroso. La clase de comida que sólo una tía malvada le haría comer a un niño. Me siento confundida por la aparición de ese desagradable pedazo de carne blanca en el fregadero, pero la ausencia de mi patito me lastima aún más. ¿Dónde está? Lo maté, comprendo de repente, porque el agua está toda pintada de rojo y mi vestido de mujer fatal lleva manchas de sangre por doquier.

Descorazonada, apoyo las manos en el fregadero y me echo a llorar como nunca antes, con berridos y alaridos. Nadie me escucha ni me ve, lo sé. Lo sé porque en un instante mi llanto es acallado por un clamor frenético que viene de lejos y, sin embargo, duele muy cerca: ¡Vivan los novios!

Terrorismo messiánico

21 Jul

No es fin de semana pero estoy en San Juan.

Hay bullicio en la plaza, la gente camina confundida hasta el atrio de la iglesia. Sobre él hay un tapanco y sobre el tapanco, un micrófono. El sol golpea despiadado nuestras cabezas y pronto, entre el tumulto, comienzo a sentirme asfixiada. Parece que habrá un espectáculo pero los rostros de la gente no lucen entusiasmados sino aterrorizados. Yo no sé qué pasa y me invaden fuertes oleadas de miedo. Tengo la total certeza de que algo horrible está por ocurrir.

A mi lado, comprimida entre una mujer muy gorda que debe ser su madre y yo, una niña de no más de seis años tiene los ojos cerrados con mucha fuerza. Recuerdo la angustia que sentía en mi infancia cuando mi madre me llevaba al mercado con ella y la multitud me resultaba agobiante. Quiero decirle a la señora gorda que levante en brazos a la niña pero de pronto ya no hay niña. Ya no la veo.

Levanto la vista y entiendo de golpe lo que está sucediendo. Unos diez, veinte, cincuenta, cien hombres con camisetas de rayas azules y blancas llenan por completo el tapanco. Ríen y gritan, sobre todo gritan. Sólo hay alguien que no lleva la camiseta albiceleste: un pálido señor de mejillas enjutas y barba gris. Un tipo bajito de aire altivo lo sujeta del pelo mientras otro muy dientón saca un cuchillo y se carcajea. El señor intenta soltarse, pero la turba messiánica lo somete. De un solo movimiento, el dientón corta una oreja al señor. Se la pasa al tipo bajito y este la arroja hacia donde estamos nosotros.

Nadie grita.

Ahora es el bajito quien cortará la otra oreja del señor. Los hombres del tapanco aplauden. Yo agacho la cabeza y me esfuerzo por salir de entre la multitud, aunque de pronto entiendo que es peligroso. A estos hombres les gusta realizar sus rituales frente a toda la población, matan a quien se atreve a irse. Por esto toda la gente acude en silencio a la plaza. No obstante, como yo, hay un par de valientes ¿o cobardes? que intentan emprender la huida. Doy la espalda al atrio y comienzo a caminar de prisa. Frente a mí veo de reojo a alguien conocido pero me da miedo llamarlo: no vaya a ser que nos maten, o peor, nos mutilen.

Más aplausos: comprendo que el señor se ha quedado ya sin orejas. ¿Por qué cortar orejas? Si estos hombres lo único que hacen es gritar, ¿tiene caso dejar sin oído a la gente? ¿O los gritos y aullidos son parte del ritual, una manera acaso de hacernos aún más conscientes de nuestra audición para luego aterrorizarnos con la posibilidad de perderla?

Ya en Madero, echo a correr hasta Tecnológico. Despavorida. Es de noche. Mi respiración agitada se oye por toda la calle. ¡Taxi! Me siento aliviada de que la conductora sea una vieja maestra de la escuela. Enciendo un cigarro. El auto traquetea y la taxista/maestra se echa a llorar. Porquéporquéporquéporquéporquéporquéporqué. Solloza. Suelta el volante. Me pide que baje. Perdió a su hija en la plaza. Pago y me bajo, aun cuando el taxi va en movimiento.

La casa de Angélica está cerca. Las paredes del camino de terracería que llevan hasta ahí están cubiertas de cruces. “Cruces paradas”, recuerdo que se llaman. Son el símbolo de los messíanicos. No obstante, la casa de Angélica tiene pintas, mas no de cruces. Ella vive en el segundo piso, pero escucho discutir en el primero a su casera con un hombre. Están acordando la renta. ¿Por qué?, me pregunto, si esta casa es de Angélica, ¿por qué tiene casera, para empezar?

Entro ignorando a la señora pero al subir las escaleras, veo a Angélica agazapada en el rellano con un dedo en los labios indicándome que no haga ruido. Luego señala la sala. Miro por primera vez al hombre que grita: claro, es un messiánico. Subo las escaleras con Angélica. Más gritos abajo. La mujer quiere tres mil pesos, el hombre sólo aceptará mil quinientos. Llevan así horas, me dice Angélica. Toma una mochila que ya ha preparado y apura su taza de café junto a la ventana. El olor es envolvente. Salimos al río por una escalera negra de metal.

Las calles están desoladas pero el rumor de la turba albiceleste se oye cerca. Vamos a mi casa. Hay mucha gente. Sé que mi madre salió de vacaciones a Acapulco y que mi abuela se quedó preparando tacos de salsa dulce para todos. La mayoría son refugiados, aunque algunos son parientes que tenía mucho de no ver. Mis primas me saludan con frialdad. Angélica y yo nos sentamos en la sala, arrinconadas sobre la alfombra frente al ventanal: los sillones están llenos. Hay gente en el comedor  y también en el vestíbulo y las escaleras. Unas vecinas ayudan a mi abuela en la cocina; noto que luce más joven, como cuando yo tenía seis años y mi madre me llevaba al mercado.

Nadie sabe qué es mejor, si quedarse en mi casa o intentar marcharse de la ciudad. Un compañero de trabajo asegura que él tiene que irse a Querétaro a cobrar su quincena, que podemos irnos con él. La madre de una amiga nos pide a todos que nos tomemos de la mano para rezar un rosario. Alguien grita: ¡No, ya llegó Morfeo!

Morfeo entra con sus enormes bototas y gabardina incluida a la sala. Mi abuela se acerca y le pregunta si quiere su vaso de coca con o sin hielo. Morfeo pide calma a todos; un vaso de agua de horchata a mi abuela. Hijole, no, aquí nomás pura coca. Morfeo asegura que todo estará bien, que la rebelión messiánica de las cruces paradas está siendo controlada, que todos debemos permanecer en el refugio y que pronto él vendrá a decirnos que ya no hay peligro en las calles. Angélica me da un codazo, me doy cuenta entonces: Morfeo tiene cinco orejas.

Sale con la misma velocidad con la que entró. En la calle el ruido aumenta. Pronto vemos a través del ventanal como los albicelestes corren gritando con furia. Son miles. Hay camiones quemados como en todo disturbio que se precie. Alguien llora en el comedor y unos niños juegan a las trais. El compañero de trabajo se levanta, si no voy a cobrar hoy la quincena, me descuentan el día.

Angélica cierra con fuerza los ojos y luego los abre, me sonríe. La casa huele a salsa dulce y un exquisito vaso de coca cola suda dejando un charquito de agua sobre la mesa. Hundo la cara en el cuello de Angélica. Cierro los ojos. Mi abuela ríe con las vecinas. El sol entra caliente por el ventanal, lo siento en la mejilla. De pronto me descubro muy cansada. Afuera los de las cruces paradas lloran la derrota. Abro los ojos y Angélica me sonríe enseñando los dientes. Me ofrece un trago de coca. Sí, diga. Le sonrío. Cierro los ojos.

Me duermo.

Al fin.

Dos Lupes (cuarta parte)

6 May

Primera parte aquí.

Segunda parte aquí.

Tercera parte aquí.

La última vez que vio a Lupe, él se estaba persignando.

La misa ya había acabado pero la basílica era un hervidero de fieles. Por todos lados había flores, estandartes, veladoras, danzantes, músicos… Las mujeres seguían vestidas de peregrinas: pantalón debajo de la falda. Margarita era la excepción, un vestido liso y sandalias.

Lupe estaba de rodillas sobre el suelo, muy cerca del altar; sostenía el sombrero negro con las dos manos pegado al pecho. Tenía la cabeza baja y los ojos cerrados. Margarita, de pie junto a un pilar, no lo perdía de vista. Ya había terminado de rezar hacía mucho rato, sólo lo esperaba a él. En realidad no estaba segura siquiera de haber rezado como se debía; nunca había sido muy devota. Mientras recorrían solos un montón de pueblos, Margarita le había pedido a Lupe que le enseñara a rezar pero él sólo se encogía de hombros.

-No sé-decía.

Pero claro que sabía, eso se veía a leguas. Lo miraba extasiada, se preguntaba qué tanto pediría a la Lupe y si acaso pensaba en ella, en Margarita. La fascinaba el gesto serio de su rostro y la respetuosa, pero indudablemente apasionada manera en que sus manos apretaban el sombrero cerca del corazón. Por las noches, recordó Margarita, Lupe se sumía en largas plegarias a las que ella no estaba invitada pero al entrar a la cama le hacía el amor con los ojos, negrísimos, siempre buscando los suyos.

Junto a Margarita pasó con lentitud una mujer pesada de cabello gris, que al avanzar un poco no dejó que siguiera viendo a Lupe rezar. Al cabo de unos segundos, Lupe volvió a aparecer entre la multitud: esta vez sólo una mano (fuerte y áspera, recordó ella) sostenía el sombrero negro; la otra mano, la derecha, hacía una fervorosa peregrinación.

 A la altura del corazón, el dedo pulgar miraba directo hacia la frente; el dedo índice bajaba hasta quedar en horizontal con el primero y los otros tres dedos restantes hacían línea recta con el pulgar. Por la / señal / de la Santa / Cruz. Así, la mano avanzó entonces con lentitud hasta la frente de Lupe, justo debajo del nacimiento del cabello, descendió hasta detenerse en el ceño, subió luego hacia la izquierda a la altura del arco de la ceja y pasó de ahí hacia la derecha. de / nuestros / ene / migos. Cayó al borde del labio superior y luego a la barbilla, se movió después a cada una de las comisuras. líbranos / Señor / Dios / nuestro. Siguió su recorrido hacia abajo deteniéndose en medio de las clavículas y continuó hasta su pecho (donde estaba también, recordó Margarita, el tercer botón de su camisa negra); de ahí viajó, de nuevo, primero a la izquierda y luego a la derecha.

En el nombre del Padre. La cruz entonces se deshizo y los tres dedos más largos tocaron su frente. Del Hijo. La mano, apenas extendida, bajó rozando su rostro hasta ese tercer botón de la camisa, pero sólo el dedo corazón fue quien se clavó ahí, justo en medio de las costillas. Y del Espíritu / Santo. Después a la izquierda y luego a la derecha. Por último, con calma, la cruz volvió a formarse y terminó su viaje en los labios fruncidos de Lupe.

Lo vio besar la cruz y fue todo. Luego desapareció. Se lo tragó la Basílica. Margarita lo perdió entre la gente y nunca volvió a dar por él. Lo buscó por toda la iglesia y luego en el atrio y después en la ciudad. Y en cada pueblo de regreso a casa. Pero nada. Tuvo que volver con Mamá y Tirirín.

A Lupe, pensó Margarita, se lo había llevado la virgen.

Dos Lupes (tercera parte)

28 Mar

Primera parte aquí.

Segunda parte aquí.

Ya es de noche. El camión va lleno pero como Margarita subió en la primera parada, aún alcanzó lugar. Ahora la gente se apretuja de pie por el pasillo y un intoxicante olor a humedad llega hasta la nariz de Margarita: mucha gente ha subido al camión escapando de la lluvia. Ella está toda seca, se compró unos zapatos nuevos en una tienda de la central.

A su lado va sentada una niña. Tiene el cabello largo hasta la cintura recogido en una cola de caballo y los ojos muy saltones. Margarita nota que todo el tiempo la está mirando, está como hipnotizada esperando a que ella le vuelva a sonreír. Se siente incómoda y mira por la ventana esperando llegar pronto al siguiente pueblo, su destino.

No volvió a casa para despedirse de Mamá, se fue directito a la central, no fuera a ser que luego se arrepintiera. Llamó desde ahí a una vecina:

-Por favor, Doña Elo, nada le cuesta ir ahorita con mi mamá… No le creo que siga lloviendo… Andele, ¿ya ve? Por favor, dígale a mi mamá que ando de viaje, que no sé cuando vuelva… Pues claro que ya avisé en la escuela, Doña Elo, me va a cubrir Ana… Ay, no empiece con lo mismo de siempre. Mi mamá es muy feliz con ese niño… No, no, no… Mire, Doña Elo, ya párele, ¿va a ir sí o no con mi mamá? Si no para llamarle a alguien más…. Gracias… No, todavía no sé cuando vuelva, yo le llamo en unos días… Gracias. Adiós.

Claro que no llamó a la escuela y ni siquiera sabe si Ana podrá cubrirla: no le importa. En cuanto compró el boleto del camión se sintió inmensamente tranquila, segura de que al final de aquel viaje volvería a estar con Lupe.

Aun queda más de una hora para llegar. La niña sigue mirándola con exigencia y Margarita le acaricia la frente como suele hacer con algunos de sus alumnos pero nunca con Tirirín. El camión da un enfrenón y luego sigue avanzando por la empinada carretera, pero la niña alcanza a dar un pequeño grito. Margarita se tensa y  suelta a la niña. La embarga la misma desolación que sintió al percatarse que el hombre del mercado no era Lupe. Recuerda, de golpe, que al pasar por la central no se persignó frente a la inmensa imagen de la Lupe.

Se hunde en el asiento y cierra los ojos. Es un mal presagio, está segura.

Dos Lupes (Segunda parte)

10 Mar

Primera parte aquí

Era una iglesia pintada de rojo ladrillo. Desde donde estaba, Margarita podía ver cómo el calor se levantaba desde los adoquines del atrio y consumía lentamente al montón de peregrinas arremolinadas en torno a la puerta de la iglesia. Ella había decidido esperar lejos, sentada en una de las bancas de la plaza. Le disgustaban las demás. Tenía la fantasía secreta de que siguieran su camino hasta la Basílica sin ella y así no tener que regresar a casa nunca. Extraviarse. Perdérsele a las pereginas y perdérsele a Mamá y Tirirín. Ir a ver a la virgen era sólo un pretexto. El único pretexto que podía permitirse desde que Tirirín había nacido.

Había mucha gente en la plaza: los que salían de misa o los que volvían del mercado. Margarita no los miraba, estaba hipnotizada con los ojos fijos en la iglesia. Tenía la boca seca y se sentía mareada. Sabía que debía ir hasta la iglesia con las demás para que le dieran de comer pero no quería moverse, quería quedarse ahí hasta volverse de piedra.

No vio al hombre de negro recargado en una de las farolas. Parecía un emisario del Diablo. Sombrero negro, camisa negra, pantalón negro, botas negras. Y hacía tanto calor. Margarita no lo veía pero la gente murmuraba cosas cuando pasaba a su lado, lo señalaban con timidez desde la distancia. Nunca nadie lo había visto por ahí. Si se le miraba con atención era fácil descubrir que en las manos llevaba un montón de estampas de la Virgen de Guadalupe, pero todos se cuidaban de no mirarlo demasiado; no querían que él se diera cuenta.

Pero no hubiera importado. Él sólo miraba a Margarita. Recorrió la plaza a lentas zancadas y se plantó junto a ella. Su sombra quedó proyectada en el suelo pero no alcanzó ni siquiera a cubrir un solo centímetro de la piel de Margarita. Tal vez por eso ella no se dio cuenta de su presencia sino hasta que el preguntó:

-¿Una estampa, morenita?

Margarita quedó cegada por el sol al alzar la mirada pero igual extendió la mano.

Julia

23 Sep

Lo que más me gusta de Julia es su trenza.

No podría reconocerla sin ella.  Mis ojos siempre la están buscando por toda la redacción, el periódico, la avenida Constituyentes, la ciudad entera.  Me gusta su cara sin pintar, la curva de su nuca, la marca roja que siempre le deja el bolso sobre el hombro, la manera en que tuerce la boca para sonreír, la voz que pone cuando descuelga el teléfono, el hábito que tiene de descalzarse cuando se sienta frente al escritorio, lo esbelta que parece cuando estira el cuerpo sentada y la trenza le cuelga del respaldo de la silla; pero ese detalle, el de la trenza, es el más importante de todos.

Alrededor de él, gira todo lo demás, lo prescindible. Es una trenza larga que empieza desde la coronilla y roza ocasionalmente el sitio donde creo a veces adivinar sus pezones a través de la ropa.  Es una trenza apretada que parece tirar de su frente y le confiere un aire de niña estricta,  aunque tenga la edad suficiente para tener una propia o hasta varias. Es una trenza oscura y gruesa, pesada; Julia la carga en la espalda con elegancia, con soberbia, siempre con la cabeza erguida.

Cuando se acerca a mi mesa y se apoya sobre la superficie con las palmas de las manos, la trenza le queda colgada y se balancea frente a mi cara, hipnotizante. Escucho con atención a Julia, tomo notas, más me vale, todos saben que es de temer; me veo obligada a fingir que Julia no me simpatiza, que su presencia en mi escritorio es invasiva, desagradable, hasta hago como que los post its que deja pegados sobre mi computadora me resultan desagradables, de mal gusto. Que la odio como todos los demás. Que no estoy absurdamente enamorada de ella.  Mi único atrevimiento consiste en decirle que sí a todo: pretendo pasar por hipócrita pero Julia me detecta inequívocamente sincera. Por eso cuando me encuentra en la calle, me saluda sujetándome de los brazos y cuando me besa en la mejilla, puedo oler el aroma a limpio que despide su trenza.

Lo más erótico de la trenza, sin embargo, radica en realidad en la posibilidad de deshacerla.

Me gusta imaginar a Julia sentada sobre su cama, un sillón, o la mismísima silla de su oficina desbaratandose el peinado. Siendo una trenza tan apretada, forzosamente al deshacerla Julia permanecería quieta para no sentir de golpe la descarga de dolor del cabello al moverse. La contemplo por encima de la laptop platicar encerrada con Mirna en la oficina de cristal de los jefes e imagino lo que sería ayudarla a despeinarse. O sin la ayuda, despeinarla sin más.  Tener su cabeza entre mis manos, pasar los dedos entre mechones quebrados de cabello y sentirla revolverse contra mí, la espalda arqueada y la cabeza echada hacia atrás. Me recreo en pensar  lo que sería pasar las yemas de los dedos por su cuero cabelludo y jugar a peinarle el pelo mientras ella cierra los ojos y aprieta los labios para no gemir demasiado alto.  El gesto de placer distorsionaría su cara de muñeca envejecida.