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Brujos y cenizas

7 Mar

-No te voy a robar. Mi nombre es Héctor Zuñiga. Soy curandero. Mañana vamos a estar en el Jardín de la Familia ayudando a la gente. Somos brujos de Catemaco, Veracruz. Hace rato que cruzaste la calle, vi algo en ti. Algo oscuro. Tienes un problema entre un hombre y una mujer. Visítame. Que tengas buena tarde.

Estaba esperando a que el semáforo se pusiera en rojo. El hombre apareció de pronto, como por arte de magia, a tan sólo un palmo de distancia de ella. Su mirada de un turbio azul de inmediato se clavó en sus ojos y cuando él aclaró que no la iba a robar, lo único que atinó a hacer fue a llevar sus manos hasta los lentes que llevaba colgados en el cuello de la camiseta. Pese a la aclaración, A escuchó su discurso convencida de que le iba a robar. Le pareció extraño que el hombre presentara tan abiertamente su cara morena requemada por el sol y que su mirada fuera tan insistentemente fija; de ser un asaltante, A podría después describirlo con fotográfica claridad. Cuando explicó que se trataba de un curandero, A se preguntó si la hipnotizaría primero antes de robarle.

Consideró por primera vez que aquello quizá podría no tratarse de un asalto, cuando el hombre que decía llamarse Héctor Zuñiga aseguró haber notado que había algo en ella. Algo oscuro. Las manos de A soltaron los lentes y su boca se entreabrió. Todo un día buscando respuestas con todos y por todas partes y al final este brujo de camiseta café de mangas largas y pantalones de mezclilla holgados iba a responder todas sus preguntas.  Tienes un problema entre un hombre y una mujer.

El hombre se marchó sin llevarse ninguna de sus pertenencias, pero su adivinación fallida -los problemas de A eran todos sobre mujeres-, le robó el último ápice de esperanza que le quedaba.

Si los brujos de Catemaco erraban, ¿a dónde más podría acudir?


Arrepiéntete y cree.

No sabe por qué desde hace unos años la ceniza la ponen en la coronilla (donde se pierde entre el cabello) y no en la frente como antes (donde es visible para todos). La última vez que A fue a la iglesia para que le pusieran la ceniza en la frente tenía 11 años (de los 12 a los 18, recibió la ceniza en el auditorio de su colegio católico). Pero no es preciso decir que fue. No fue, la llevaron.

Arrepiéntete y cree.

Un anciano delante de A pide a la mujer que coloca la ceniza que le ponga un poco en una bolsa de plástico para así poder él colocársela a su esposa en casa. A está convencida que el fervor católico que caracterizó su niñez se apagó en el colegio de xaverianos en el que las misas eran oficiadas en un patio donde lo mismo se organizaban kermeses que honores a la bandera. Para A, el encanto subyugante de la religión radicaba en su rigidez y ritualidad.

Arrepiente y cree… en el evangelio.

Sin estar acostumbrada a recibir la ceniza en la coronilla, A no inclinó la cabeza y la mujer a duras penas atinó a embarrarle algo de ceniza justo en la línea donde comienza su cabello. Algo de ceniza cayó en el rostro de A y su brazo quedó manchado también. La ceniza en A no sólo era visible, era erróneamente excesiva.

(Arrepiente y cree… en el evangelio)

¿Por qué la mujer había aclarado que aquello en lo que debía creer era en el evangelio? ¿Sabría acaso aquella mujer que A desde hacía mucho no creía en el evangelio? ¿Sabría que, si A estaba ahí ese miércoles de ceniza, en una iglesia que ni siquiera le gustaba, no se debía a otra cosa más que al hecho de que después de haber dado vueltas por toda la ciudad y haber temido que un curandero la asaltara, la iglesia era el único lugar donde sabía que podía llorar tranquila?

En esa iglesia terminó la infancia de A; justo antes de partir hacia el colegio católico donde le arrebatarían la fe en Dios, pero también en la sagrada institución de la familia. De vuelta a casa con la ceniza aún visible en el rostro y el brazo, A avanza reticente preguntándose si estaría mejor en caso de creer en el evangelio.

Desde hace un tiempo, lo único en lo que cree es en su propio arrepentimiento.

 

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Este lugar

13 Dic

Llegué hace tres años. No, mentira. Regresé. Quizá si hubiera llegado aquí por primer vez las cosas serían distintas.

Regresé hace tres años. Era algo temporal. Estaba aquí y estaba en otro lugar. Ahora sólo estoy aquí. Ya no es temporal. Vivir aquí me sabe a traición. Me había prometido no volver. A veces digo que estar aquí me sabe a fracaso, como si hubiera descendido un peldaño en mi escalera hacia el éxito. La verdad es otra. La verdad es que estar aquí no me frustra: me lastima. Este lugar es una prisión, no para mis sueños o mis aspiraciones profesionales, sino para mí. Lo ha sido desde que era muy pequeña. Siempre he querido escapar.

Nunca he querido estar aquí. Solía contar los años que faltaban para marcharme. Los años que me quedaban de sentencia. Como si hubiera cometido algo horrible en una vida pasada y mi infancia en este lugar fuera una condena pendiente que aún me quedaba por pagar. Una vez cumplidos los 18, sería libre para empezar mi vida. Nada quedaría de esa existencia pasada. Todo volvería a empezar. Negaría mis años aquí. Los olvidaría después.

Pero me traicioné. Regresé. Regresé muchas veces de visita… era como si tuviera que firmar para mantener mi libertad condicional. Sabía que podía no regresar, que aunque mis carceleros irían a buscarme, pronto se cansarían de hacerlo y que, furiosos, se congratularían de haberse deshecho de tan indeseable prisionera, pero… insistí. Insistí en volver una y otra vez. ¿Qué habré hecho en esa otra vida para seguir cargando con tanta culpabilidad?

A otras personas les gusta este lugar. Hablan de él con cariño y se refieren al pasado de este con nostalgia. Yo recuerdo que antes este era un lugar diminuto donde no había mucho que hacer. Anhelaba estar en otra parte, pero este lugar era todo mi mundo. Recuerdo incluso soñar que avanzaba hasta el sitio donde para mí este lugar terminaba, un cementerio a la orilla de la carretera, y de pronto despertar frustrada por jamás conocer que había más allá de ese lugar repleto de muertos. Las calles de este lugar se han expandido y la gente parece encontrar más cosas que hacer aquí, pero para mí el crecimiento de este lugar sólo implica la ampliación misma de mi prisión. Tengo que caminar cada vez más para alejarme de mis prisioneros; sus dominios se expanden y mi libertad se acorta.

Soy realista, en otros lugares también he sido desdichada. Muy desdichada. Aquí he sido feliz. Muy feliz. Pero mi felicidad aquí siempre ha sido un bien que debo guardar debajo del colchón de mi cama con cuidado de que nadie lo descubra o me puede ser rápidamente confiscado. A veces creo haber guardado un gran botín de felicidad y al mirar en mi escondite secreto descubro que se ha agriado y convertido en otra cosa. En este lugar, debo estar siempre en guardia. Hay ojos mirándome por todas partes y a los carceleros no les gustan las prisioneras que sonríen demasiado. Tampoco las que lloran.

A veces me digo que quizá le tengo manía a este lugar, que quizá soy muy negativa, que quizá puedo aprender a ser libre en este sitio. Me despierto y trato de buscar dónde están todas aquellas pequeñas cosas que fascinan a otros sobre este lugar. Camino por las calles y trato de hacerlas mías, de mirarlas distinto, de descubrir en ellas cosas que mis carceleros ignoran. Procuro encontrar caminos diferentes donde el sol no lastime tanto y la lluvia caiga con más suavidad. Trato de ser optimista. Trato de olvidar donde estoy.

¿Pero cómo hacer todo eso si no importa que camino tome, en la noche siempre debo avanzar hacia el peor lugar de todos?

Mi celda.

Quiero decir, mi casa.