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Este lugar

13 Dic

Llegué hace tres años. No, mentira. Regresé. Quizá si hubiera llegado aquí por primer vez las cosas serían distintas.

Regresé hace tres años. Era algo temporal. Estaba aquí y estaba en otro lugar. Ahora sólo estoy aquí. Ya no es temporal. Vivir aquí me sabe a traición. Me había prometido no volver. A veces digo que estar aquí me sabe a fracaso, como si hubiera descendido un peldaño en mi escalera hacia el éxito. La verdad es otra. La verdad es que estar aquí no me frustra: me lastima. Este lugar es una prisión, no para mis sueños o mis aspiraciones profesionales, sino para mí. Lo ha sido desde que era muy pequeña. Siempre he querido escapar.

Nunca he querido estar aquí. Solía contar los años que faltaban para marcharme. Los años que me quedaban de sentencia. Como si hubiera cometido algo horrible en una vida pasada y mi infancia en este lugar fuera una condena pendiente que aún me quedaba por pagar. Una vez cumplidos los 18, sería libre para empezar mi vida. Nada quedaría de esa existencia pasada. Todo volvería a empezar. Negaría mis años aquí. Los olvidaría después.

Pero me traicioné. Regresé. Regresé muchas veces de visita… era como si tuviera que firmar para mantener mi libertad condicional. Sabía que podía no regresar, que aunque mis carceleros irían a buscarme, pronto se cansarían de hacerlo y que, furiosos, se congratularían de haberse deshecho de tan indeseable prisionera, pero… insistí. Insistí en volver una y otra vez. ¿Qué habré hecho en esa otra vida para seguir cargando con tanta culpabilidad?

A otras personas les gusta este lugar. Hablan de él con cariño y se refieren al pasado de este con nostalgia. Yo recuerdo que antes este era un lugar diminuto donde no había mucho que hacer. Anhelaba estar en otra parte, pero este lugar era todo mi mundo. Recuerdo incluso soñar que avanzaba hasta el sitio donde para mí este lugar terminaba, un cementerio a la orilla de la carretera, y de pronto despertar frustrada por jamás conocer que había más allá de ese lugar repleto de muertos. Las calles de este lugar se han expandido y la gente parece encontrar más cosas que hacer aquí, pero para mí el crecimiento de este lugar sólo implica la ampliación misma de mi prisión. Tengo que caminar cada vez más para alejarme de mis prisioneros; sus dominios se expanden y mi libertad se acorta.

Soy realista, en otros lugares también he sido desdichada. Muy desdichada. Aquí he sido feliz. Muy feliz. Pero mi felicidad aquí siempre ha sido un bien que debo guardar debajo del colchón de mi cama con cuidado de que nadie lo descubra o me puede ser rápidamente confiscado. A veces creo haber guardado un gran botín de felicidad y al mirar en mi escondite secreto descubro que se ha agriado y convertido en otra cosa. En este lugar, debo estar siempre en guardia. Hay ojos mirándome por todas partes y a los carceleros no les gustan las prisioneras que sonríen demasiado. Tampoco las que lloran.

A veces me digo que quizá le tengo manía a este lugar, que quizá soy muy negativa, que quizá puedo aprender a ser libre en este sitio. Me despierto y trato de buscar dónde están todas aquellas pequeñas cosas que fascinan a otros sobre este lugar. Camino por las calles y trato de hacerlas mías, de mirarlas distinto, de descubrir en ellas cosas que mis carceleros ignoran. Procuro encontrar caminos diferentes donde el sol no lastime tanto y la lluvia caiga con más suavidad. Trato de ser optimista. Trato de olvidar donde estoy.

¿Pero cómo hacer todo eso si no importa que camino tome, en la noche siempre debo avanzar hacia el peor lugar de todos?

Mi celda.

Quiero decir, mi casa.

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