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Dos Lupes (cuarta parte)

6 May

Primera parte aquí.

Segunda parte aquí.

Tercera parte aquí.

La última vez que vio a Lupe, él se estaba persignando.

La misa ya había acabado pero la basílica era un hervidero de fieles. Por todos lados había flores, estandartes, veladoras, danzantes, músicos… Las mujeres seguían vestidas de peregrinas: pantalón debajo de la falda. Margarita era la excepción, un vestido liso y sandalias.

Lupe estaba de rodillas sobre el suelo, muy cerca del altar; sostenía el sombrero negro con las dos manos pegado al pecho. Tenía la cabeza baja y los ojos cerrados. Margarita, de pie junto a un pilar, no lo perdía de vista. Ya había terminado de rezar hacía mucho rato, sólo lo esperaba a él. En realidad no estaba segura siquiera de haber rezado como se debía; nunca había sido muy devota. Mientras recorrían solos un montón de pueblos, Margarita le había pedido a Lupe que le enseñara a rezar pero él sólo se encogía de hombros.

-No sé-decía.

Pero claro que sabía, eso se veía a leguas. Lo miraba extasiada, se preguntaba qué tanto pediría a la Lupe y si acaso pensaba en ella, en Margarita. La fascinaba el gesto serio de su rostro y la respetuosa, pero indudablemente apasionada manera en que sus manos apretaban el sombrero cerca del corazón. Por las noches, recordó Margarita, Lupe se sumía en largas plegarias a las que ella no estaba invitada pero al entrar a la cama le hacía el amor con los ojos, negrísimos, siempre buscando los suyos.

Junto a Margarita pasó con lentitud una mujer pesada de cabello gris, que al avanzar un poco no dejó que siguiera viendo a Lupe rezar. Al cabo de unos segundos, Lupe volvió a aparecer entre la multitud: esta vez sólo una mano (fuerte y áspera, recordó ella) sostenía el sombrero negro; la otra mano, la derecha, hacía una fervorosa peregrinación.

 A la altura del corazón, el dedo pulgar miraba directo hacia la frente; el dedo índice bajaba hasta quedar en horizontal con el primero y los otros tres dedos restantes hacían línea recta con el pulgar. Por la / señal / de la Santa / Cruz. Así, la mano avanzó entonces con lentitud hasta la frente de Lupe, justo debajo del nacimiento del cabello, descendió hasta detenerse en el ceño, subió luego hacia la izquierda a la altura del arco de la ceja y pasó de ahí hacia la derecha. de / nuestros / ene / migos. Cayó al borde del labio superior y luego a la barbilla, se movió después a cada una de las comisuras. líbranos / Señor / Dios / nuestro. Siguió su recorrido hacia abajo deteniéndose en medio de las clavículas y continuó hasta su pecho (donde estaba también, recordó Margarita, el tercer botón de su camisa negra); de ahí viajó, de nuevo, primero a la izquierda y luego a la derecha.

En el nombre del Padre. La cruz entonces se deshizo y los tres dedos más largos tocaron su frente. Del Hijo. La mano, apenas extendida, bajó rozando su rostro hasta ese tercer botón de la camisa, pero sólo el dedo corazón fue quien se clavó ahí, justo en medio de las costillas. Y del Espíritu / Santo. Después a la izquierda y luego a la derecha. Por último, con calma, la cruz volvió a formarse y terminó su viaje en los labios fruncidos de Lupe.

Lo vio besar la cruz y fue todo. Luego desapareció. Se lo tragó la Basílica. Margarita lo perdió entre la gente y nunca volvió a dar por él. Lo buscó por toda la iglesia y luego en el atrio y después en la ciudad. Y en cada pueblo de regreso a casa. Pero nada. Tuvo que volver con Mamá y Tirirín.

A Lupe, pensó Margarita, se lo había llevado la virgen.

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Dos Lupes (Segunda parte)

10 Mar

Primera parte aquí

Era una iglesia pintada de rojo ladrillo. Desde donde estaba, Margarita podía ver cómo el calor se levantaba desde los adoquines del atrio y consumía lentamente al montón de peregrinas arremolinadas en torno a la puerta de la iglesia. Ella había decidido esperar lejos, sentada en una de las bancas de la plaza. Le disgustaban las demás. Tenía la fantasía secreta de que siguieran su camino hasta la Basílica sin ella y así no tener que regresar a casa nunca. Extraviarse. Perdérsele a las pereginas y perdérsele a Mamá y Tirirín. Ir a ver a la virgen era sólo un pretexto. El único pretexto que podía permitirse desde que Tirirín había nacido.

Había mucha gente en la plaza: los que salían de misa o los que volvían del mercado. Margarita no los miraba, estaba hipnotizada con los ojos fijos en la iglesia. Tenía la boca seca y se sentía mareada. Sabía que debía ir hasta la iglesia con las demás para que le dieran de comer pero no quería moverse, quería quedarse ahí hasta volverse de piedra.

No vio al hombre de negro recargado en una de las farolas. Parecía un emisario del Diablo. Sombrero negro, camisa negra, pantalón negro, botas negras. Y hacía tanto calor. Margarita no lo veía pero la gente murmuraba cosas cuando pasaba a su lado, lo señalaban con timidez desde la distancia. Nunca nadie lo había visto por ahí. Si se le miraba con atención era fácil descubrir que en las manos llevaba un montón de estampas de la Virgen de Guadalupe, pero todos se cuidaban de no mirarlo demasiado; no querían que él se diera cuenta.

Pero no hubiera importado. Él sólo miraba a Margarita. Recorrió la plaza a lentas zancadas y se plantó junto a ella. Su sombra quedó proyectada en el suelo pero no alcanzó ni siquiera a cubrir un solo centímetro de la piel de Margarita. Tal vez por eso ella no se dio cuenta de su presencia sino hasta que el preguntó:

-¿Una estampa, morenita?

Margarita quedó cegada por el sol al alzar la mirada pero igual extendió la mano.