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El examen dificilísimo y la no ida al baño

7 Mar

Salí desorientada del examen. No supe bien hacia dónde caminar o qué hacer. No supe, sobre todo, qué era lo que seguía. Estuve un buen rato parada entre los otros estudiantes que charlaban casi a gritos y luego me di cuenta que para no parecer tan perdida debía al menos sentarme. Fui hasta las escaleras y acomodé mi mochila entre las piernas. Respiré. Respiré de nuevo. Bien. Miré a todos esos otros que como yo habían presentado su examen y escuché a medias sus conversaciones sobre las absurdas preguntas de este. Una chica con velo se sentó a mi lado y comenzó a preguntarme cosas acerca de la prueba y sobre cómo me había ido. Mal, confesé con fatal sinceridad. Era cierto, me había ido mal (pésimo) pero me sentía aliviada, con un peso menos encima. Luego de largas semanas estudiando, al fin todo había acabado. Ya no podía hacer nada más. Podría ahora levantarme tarde, salir a cenar, ver series, leer novelas y no libros de historia y todo sin sentirme culpable por no estar estudiando. Se había acabado. Respiré.

Deseaba un cigarro pero no me animaba a prenderlo porque no sabía si ahí en medio del vestíbulo se podía, pero poco a poco los demás fueron encendiendo los suyos y para cuando todos salieron del examen en casi todos los grupitos de estudiantes había una o dos personas fumando. Encendí el mío. ¿Para los nervios?, preguntó la chica del velo. Asentí. Llevaba una rosa roja en las manos y me explicó que era para su marido, que también él presentaba el examen. Al cabo de un rato (medio cigarro), salió el marido. La chica se despidió y corrió a abrazarlo, no sin antes entregarle la rosa. Se marcharon tomados de la mano. Respiré.

Un par de chicos entonces se acercaron a pedirme fuego y comenzamos a platicar sobre lo difícil que había sido el examen; aquello me hizo sentir algo esperanzada. Bueno, al menos no había sido la única. Finalmente, salió mi amiga (esperarla, esa era mi misión al salir del examen, sólo que no me acordaba o no era consciente) e hicimos el camino hasta servicios escolares lamentándonos por cada maldita cosa que no habíamos sabido responder. En algún momento dije: No voy a pasar. Lo dije tranquila y muy segura de lo que decía.

Disfruté incluso el paseo por la universidad y, cuando me despedí de mi amiga, lo único que me preocupaba era dónde comprar unos cacahuates para el camino. Es más, encontré fascinante el viaje en el transporte público, que no iba ni vacío ni lleno, y en el que la gente era impersonalmente amable. Aunque en algún punto deseé haber traído un libro, pronto me entretuve leyendo los mensajes que los otros pasajeros enviaban. Incluso leí un par de contenido erótico.

Ya en el Primera Plus quise dormirme pero la película me mantuvo despierta. Era esa donde Julianne Moore es una lingüista muy afamada a la que luego le da alzheimer y todo es triste pero sobre todo desesperante. Lloré varias partes, cuando da un discurso y también cuando moja los pantalones. Me sentí triste por ella pero yo estaba tranquila. Cuando la película acabó, yo ya no tenía sueño. Me puse los audífonos e hice el resto del camino contemplando el paisaje. Angélica escribió diciendo que iría por mí. Respiré. Sonreí.

Por el Conín pensé en ir al baño pero me dije que ya no tenía caso, que era mejor ir ya en la central. Mientras me acercaba más y más a mi destino, comencé a recordar la sensación de auténtico dolor que me invadió en el examen por aguantar las ganas de orinar. Al principio me había parecido que podría resistir hasta el final de este porque había ido antes de que iniciara y, sobre todo, porque consideraba que yo, siendo tan buena como creía ser para los exámenes, saldría mucho antes del tiempo límite. La realidad es que para la mitad de la prueba, sentía ya una presión intensa en la parte baja de la espalda. Teníamos autorización para salir al baño pero comenzaba a temer que el tiempo no me iba a ser suficiente y no quería desperdiciar ningún precioso minuto. Pero acabé. Salí al baño y cuando volví hice el ensayo que también pedían.

Con el recuerdo del dolor, pronto me invadió también un algo de nostalgia por estar concluyendo mi viaje, sobre todo porque dado mi desempeño quizá era en verdad el final de toda mi aventura. Respiré.

Al llegar, Angélica aún no estaba, así que entré a uno de los baños de la sala de espera o al menos lo intenté. Una mujer entró antes que yo empujando los rodetes pero cuando yo lo hice no pasó nada. Ahí estuve empujando varias veces, hasta que detrás de mí se puso un hombre que también quería pasar. Con total resolución le expliqué que no había manera de entrar. Tienes que ponerle dinero, me dijo. Ah, musité. Me hice a un lado y vi como él metía cinco pesos en la ranura que indicaba un enorme letrero entre las puertas.

Me sentí estúpida. Estúpida. Estúpida.

Busqué dinero y lo introduje en la ranura, la puerta hizo un ruido y empujé. Nada. No funcionó. No pasaba nada. Empujé, empujé, empujé y volví a empujar y nada. Incluso intenté con la puerta de salida pero era imposible. De pronto apareció un grupo de personas y me tuve que ir. Alcancé a ver, no obstante, que pasaron sin problemas.

Estúpida. Estúpida. Estúpida.

Salí de la sala de espera desorientada, perdida en medio de la gente, sin saber hacia dónde caminar o qué hacer. Sin saber, sobre todo, qué era lo que seguía. Me sentía profundamente avergonzada, como si hubiera decepcionado al mundo entero por no haber sabido entrar al baño. Incluso noté que la cara me estaba enrojeciendo.

Pero luego llegó Angélica y dejé de sentirme perdida y, como quien regresa al hogar después de una horrible travesía, me solté a llorar. No tuve otra opción que confesar entre lágrimas que no iba a pasar el examen. Y esta vez no estaba tranquila y esta vez respirar no servía de nada. Y me dejé arrastrar por ella hasta el camión, hasta el restaurante (con baño) y hasta mi casa. Lloré y lloré como una niña pequeña a la que le importan demasiado las calificaciones, como si el mundo entero girara alrededor de ellas. En efecto no sabía a dónde ir porque aunque ya no estaba perdida en medio de la central, lo estaba en medio de mi vida. El viaje había acabado pero estaba de nuevo en el mismo lugar.

Por la noche soñé que hacía otra vez el examen y me sabía todas y cada una de las respuestas. Salía incluso cuando aún faltaba una hora. Entonces intentaba ir al baño pero no podía entrar porque no sabía poner el dinero en la ranura. Eran tantas las veces que lo intentaba y tanto el tiempo que pasaba, que finalmente me orinaba en los pantalones como Julianne Moore. Entonces entraban todos los otros estudiantes y se reían de mí por estúpida pero a mí no me importaba porque yo tenía todas bien en el examen y ellos no. Porque mi viaje apenas empezaba.

Desperté.

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Eso te pasa por berrinchuda

30 Ene

Todo en el hospital me daba náuseas. Ganas de cerrar los ojos y no volver a abrirlos nunca. Lo peor era cuando llegaba esa enfermera gorda de piel renegrida y cabello esponjado pintado de güero.

—A ver, mamacita, ya. Abre la boca.

Yo me hacía la sorda, la que no veía. La que no estaba. Apretaba los ojos y fruncía los labios. Ya la conocía. Se me iba encima, con la peste a sudor que le salía de las axilas y la grasa que le colgaba del cuello. Me agarraba la cara con sus dedotes anillados y me abría la boca. La cuchara me pegaba en los dientes, lastimaba las comisuras de la boca y la gelatina, sin terminar de cuajar, me resbalaba por la lengua.

Me daban ganas de llorar. No podía. Asma, dijo mamá cuando me internaron la primera vez. Si lloras no te vas a curar, chiquita. Tal vez era por eso, para compensar mis lágrimas, que mamá lloraba tanto.

La escuchaba recorrer el pasillo tambaleándose con los tacones altos, llegando siempre antes de que la enfermera terminara de retacarme la boca con la gelatina y comenzara con el puré de papa espantosamente frío. Aparecía en la puerta con el portafolios negro que tiraba de ella hacia el piso.

—Esa niña sigue sin querer comer. La tiene usted muy malcriada, oiga— le decía la enfermera a mamá mientras salía del cuarto arrastrando las chanclas. Mamá acercaba la silla de plástico, me plantaba un beso en el cachete y me acariciaba el pelo. Descargaba el portafolios sobre el suelo y sacaba a prisas la comida que metía de contrabando pidiéndome disculpas siempre. Disculpas por no haberme comprado algún juego, disculpas por tener que trabajar, por tardarse en llegar. Disculpas hasta por mi enfermedad.

Yo me bebía el jugo de naranja embotellado y daba mordiscos a las galletas de chocolate que en realidad no me sabían a nada. Luego siempre le decía:

—Mamá, sácame de aquí, por favor.

 Era entonces cuando se ponía a llorar; cuando las lágrimas le caían negras hasta mojar su traje sastre.

—Ay, chiquita, no puedo. ¿Qué quieres que yo haga? Ya no sé qué hacer. Tú tienes que aguantar, ya pronto te van a dar de alta, tienes que ser fuerte,  te tienes que poner buena.

Y seguía llorando, más, mucho más, con la cara hundida entre mis piernas.

—Pídele a Diosito para que ya te cures.

—Sí, mamá, sí —le mentía, pasándole los dedos por el cabello maltratado. Yo a Diosito no lo escuchaba ni él me escuchaba a mí. Se había quedado en el altar que teníamos debajo de las escaleras. —Mamá, ya no llores, por favor. Voy a aguantar, te lo prometo. Me voy a curar —volvía a mentir para que ella pudiera levantar la cabeza con una sonrisa temblándole en los labios. Le daban sólo una hora en el despacho y tenía que irse pronto, dejándome un par de galletas bajo la almohada y la promesa de volver antes de que yo me durmiera para leerme. Eso nunca lo cumplía. Tenía siempre muchas cosas que hacer.

Ese día, mamá no llegó. Su jefe no la dejó salir. La enfermera no sólo me hizo tragar la gelatina sino también el puré. Luego, la fruta dura y el yogurt agrio. Todo me lo tuve que comer y mamá no llegó.  Ahí estaba yo: la boca abierta, la boca cerrada. Masticaba poco y tragaba rápido.

—Que diferencia, nada más no viene tu mamá y te lo comes todo. No cabe duda que estás malcriada —dijo la enfermera luego de embutirme la última cucharada de yogurt. Me palmoteó la cara con su pesada mano y salió.

Me quedé así, quieta sobre la cama, asqueada, mirando el techo con una mancha de humedad justo sobre mi cara, imaginando el sonido de los tacones de mamá. Le pedí a Diosito que me sacara de ahí y le pregunté si sería que mamá estaba ya tan cansada que no vendría nunca más. Comencé a llorar. Mucho más que mamá pero con menos fuerza porque mis pulmones eran débiles. Sentí la presión en el pecho y empecé a boquear. Otra vez el botón rojo para pedir ayuda y la enfermera de siempre, la gorda de los anillos, yéndoseme encima con su sudor y su grasa para ponerme la máscara de oxígeno. Tenía una sonrisa que enseñaba agujeros negros entre los dientes.

—Ni modo, mamacita. Eso te pasa por berrinchuda.