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Eso te pasa por berrinchuda

30 Ene

Todo en el hospital me daba náuseas. Ganas de cerrar los ojos y no volver a abrirlos nunca. Lo peor era cuando llegaba esa enfermera gorda de piel renegrida y cabello esponjado pintado de güero.

—A ver, mamacita, ya. Abre la boca.

Yo me hacía la sorda, la que no veía. La que no estaba. Apretaba los ojos y fruncía los labios. Ya la conocía. Se me iba encima, con la peste a sudor que le salía de las axilas y la grasa que le colgaba del cuello. Me agarraba la cara con sus dedotes anillados y me abría la boca. La cuchara me pegaba en los dientes, lastimaba las comisuras de la boca y la gelatina, sin terminar de cuajar, me resbalaba por la lengua.

Me daban ganas de llorar. No podía. Asma, dijo mamá cuando me internaron la primera vez. Si lloras no te vas a curar, chiquita. Tal vez era por eso, para compensar mis lágrimas, que mamá lloraba tanto.

La escuchaba recorrer el pasillo tambaleándose con los tacones altos, llegando siempre antes de que la enfermera terminara de retacarme la boca con la gelatina y comenzara con el puré de papa espantosamente frío. Aparecía en la puerta con el portafolios negro que tiraba de ella hacia el piso.

—Esa niña sigue sin querer comer. La tiene usted muy malcriada, oiga— le decía la enfermera a mamá mientras salía del cuarto arrastrando las chanclas. Mamá acercaba la silla de plástico, me plantaba un beso en el cachete y me acariciaba el pelo. Descargaba el portafolios sobre el suelo y sacaba a prisas la comida que metía de contrabando pidiéndome disculpas siempre. Disculpas por no haberme comprado algún juego, disculpas por tener que trabajar, por tardarse en llegar. Disculpas hasta por mi enfermedad.

Yo me bebía el jugo de naranja embotellado y daba mordiscos a las galletas de chocolate que en realidad no me sabían a nada. Luego siempre le decía:

—Mamá, sácame de aquí, por favor.

 Era entonces cuando se ponía a llorar; cuando las lágrimas le caían negras hasta mojar su traje sastre.

—Ay, chiquita, no puedo. ¿Qué quieres que yo haga? Ya no sé qué hacer. Tú tienes que aguantar, ya pronto te van a dar de alta, tienes que ser fuerte,  te tienes que poner buena.

Y seguía llorando, más, mucho más, con la cara hundida entre mis piernas.

—Pídele a Diosito para que ya te cures.

—Sí, mamá, sí —le mentía, pasándole los dedos por el cabello maltratado. Yo a Diosito no lo escuchaba ni él me escuchaba a mí. Se había quedado en el altar que teníamos debajo de las escaleras. —Mamá, ya no llores, por favor. Voy a aguantar, te lo prometo. Me voy a curar —volvía a mentir para que ella pudiera levantar la cabeza con una sonrisa temblándole en los labios. Le daban sólo una hora en el despacho y tenía que irse pronto, dejándome un par de galletas bajo la almohada y la promesa de volver antes de que yo me durmiera para leerme. Eso nunca lo cumplía. Tenía siempre muchas cosas que hacer.

Ese día, mamá no llegó. Su jefe no la dejó salir. La enfermera no sólo me hizo tragar la gelatina sino también el puré. Luego, la fruta dura y el yogurt agrio. Todo me lo tuve que comer y mamá no llegó.  Ahí estaba yo: la boca abierta, la boca cerrada. Masticaba poco y tragaba rápido.

—Que diferencia, nada más no viene tu mamá y te lo comes todo. No cabe duda que estás malcriada —dijo la enfermera luego de embutirme la última cucharada de yogurt. Me palmoteó la cara con su pesada mano y salió.

Me quedé así, quieta sobre la cama, asqueada, mirando el techo con una mancha de humedad justo sobre mi cara, imaginando el sonido de los tacones de mamá. Le pedí a Diosito que me sacara de ahí y le pregunté si sería que mamá estaba ya tan cansada que no vendría nunca más. Comencé a llorar. Mucho más que mamá pero con menos fuerza porque mis pulmones eran débiles. Sentí la presión en el pecho y empecé a boquear. Otra vez el botón rojo para pedir ayuda y la enfermera de siempre, la gorda de los anillos, yéndoseme encima con su sudor y su grasa para ponerme la máscara de oxígeno. Tenía una sonrisa que enseñaba agujeros negros entre los dientes.

—Ni modo, mamacita. Eso te pasa por berrinchuda.

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