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La fotógrafa que quiso arruinar una boda (y mató a un pato)

5 Oct

Si la impuntualidad es signo de elegancia, soy la más vulgar y corriente de las mujeres.

De nuevo estoy a las puertas de un lugar sin que haya nadie esperándome. Entro con temor, con pena: mis pasos lentos son un modo de disculpa. No obstante, nadie me escucha. Nadie me mira. Hay gente en esta casa, ¿es correcto llamarla casa cuando asemeja a un palacio?, pero todos se ocupan por perfeccionar los detalles antes de la hora pactada, la cual claramente yo no respeté. Devoro con los ojos el jardín de la mansión, mientras avanzo por un corredor salpicado por dos imponentes fuentes.

¿Quién podrá vivir aquí? Un príncipe, una reina. Qué torpe de mi parte llegar tan temprano a lo que, me anticipo, es seguramente una cita romántica. Me detengo a medio corredor gozando aún de la brisa para observar al ejército de personitas que corren de aquí para allá llevando inmensos arreglos florales, mesas, sillas, manteles y vajillas blancas, blanquísimas.

Esto es una boda. ¿Mi boda? No. Bajo la mirada para contemplar mi atuendo. Visto de blanco, sí, pero mi vestido es corto (tres centímetros por encima de la rodilla). Sin guantes largos, sin velo, sin ramo. No luzco como una novia sino como la invitada indeseable dispuesta a arruinar la ceremonia con la sola imprudencia de vestir de blanco. Es esta, por tanto, la boda de un viejo amor. Y qué clase de amor, que se casa y encima ha tenido la desfachatez de invitarme, quizá a espaldas de su actual pareja.

Asumida en mi nueva posición de mujer fatal, llego hasta el final del jardín con andares que presumo despampanantes. Me contemplo un instante en una de las ventanas y me encuentro bellísima en blanco con mi vestimenta de ángel corruptor.  Ya adentro de la casa (casa, otra vez, es mansión, mansión) una edecán me detiene y pregunta si vengo de prensa. Sí, vengo de prensa. ¿Me hace el favor de registrarse? Sí, sí, claro. Nunca sé negarme a estas cosas. Me cuelgo un gafete rojo rojísimo.

Como siempre que se me hace temprano, de pronto es tarde, muy tarde. Intento avanzar al salón donde se celebrará la boda pero una marabunta de camarógrafos, reporteros y fotógrafos entra de espaldas por la puerta principal (el gobernador avanza de frente) y me arrojan con fuerza hacia otro salón.

Un mujerón de mucho caché y pelo pintado de rojo nos da la bienvenida. Y aquí podemos ver -pintura importante-, y aquí -jarrón chino- y acá -lámpara de cristal-. Es la dueña de la mansión. Quiero gritarle que debemos impedir la boda pero ella sigue hablando. Lo que de verdad quiero mostrarles son estas artesanías que yo misma hice y subastaré para apoyar al teletón.

Con desgano saco fotografías de sus penosas manualidades de señora rica. Recibo el habitual codazo de “estorbas” por parte de uno de los camarógrafos, luego de inclinarme sobre la mesa para sacar un primer plano de un lamentable monito hecho de alambres. Me hinco para no estorbar y el frío del piso me hiere las rodillas. Qué inapropiada mi ropa para venir a sacar fotos. Echo en falta de repente mis pantalones de mezclilla y zapatos de muchacho rudo, pero ay, extrañaba aún más usar vestido, tacones. Noto que los otros me miran pero no con deseo ni admiración, sino con extrañeza. No sólo llegué temprano (tarde) sino bien (mal) vestida.

A continuación, unas palabras del señor gobernador, Licenciado José Calzada Rovirosa. Aplausos. Amigas, amigos, quiero felicitar a X y Y (literalmente X y Y, e imagino entonces a mi amor y mi remplazo como en una infografía sobre los cromosomas, una de esas que salían en mi libro de Biología de la secundaria) por unir hoy sus vidas en matrimonio…

Salgo de ahí.

Cruzo el vestíbulo para llegar hasta el otro salón, el salón de la boda, pero la marabunta ahora me arroja hasta un auditorio. ¿Tan pronto terminó la presentación de la mujer? Detesto hasta la locura estos aburridos eventos en oscuros auditorios donde una hilera de hombrecitos trajeados recita una retahíla de palabras poco originales. Doy vueltas con fastidio. Los tacones se encajan en la alfombra y me hacen caminar con dificultad. Hace calor. El fotógrafo del gobernador se acerca y me dice: “Al final del evento, a todos los de la fuente nos van a dar unos patitos. No te vayas a quedar sin el tuyo”. Lo miro desconcertada pero asiento, como siempre suelo hacer. Saco fotos, camino, rodeo el auditorio, saco más fotos, vuelvo a estorbar a un camarógrafo. Aplausos. Esto por fin acabó.

Avanzo hasta la puerta con prisa pero me cortan el paso Aaron y Yunuen, cada uno con su respectivo patito entre los brazos. Son tan pequeñitos y tiernos. El de Aaron incluso hace cuac, cuac. Me conmuevo hasta lo ridículo y decido que yo también quiero uno. Yunuen me dice que debo ir a recogerlo al stand junto a las escaleras y luego ir a los fregaderos a lavarlo, porque te los entregan llenos de lodo. Sigo sus instrucciones y tras mostrar a la edecán (una diferente del principio pero como suele suceder con las de su oficio, prácticamente idéntica) mi gafete rojo rojísimo, esta me entrega a un patito calvo pero monísimo. La oleada de ternura hacia él me descoloca porque yo por regla general desprecio a los animales y, más aún, a los bebés, pero este patito es ahora mío y me siento tranquila mientras se revuelve contra mi pecho.

Voy hasta los fregaderos (de piedra, como en una vieja vecindad de Guanajuato) y coloco al patito debajo del grifo de agua. Me invade esa clase de alegría que hace que te duelan las mejillas de tanto sonreír. Acaricio a mi patito y poco a poco voy quitándole la mugre. El agua sigue corriendo. Cuac-cuac. El agua se va negruzca por la coladera. Cuac. CUAC. CUAC. El agua es ahora roja. CU-AC.

Podría continuar acariciando a mi patito, pero ya no hay tal. Sobre mis manos sólo hay un triste muslo de pollo mal frito. Ni siquiera parece rico. Parece más bien asqueroso. La clase de comida que sólo una tía malvada le haría comer a un niño. Me siento confundida por la aparición de ese desagradable pedazo de carne blanca en el fregadero, pero la ausencia de mi patito me lastima aún más. ¿Dónde está? Lo maté, comprendo de repente, porque el agua está toda pintada de rojo y mi vestido de mujer fatal lleva manchas de sangre por doquier.

Descorazonada, apoyo las manos en el fregadero y me echo a llorar como nunca antes, con berridos y alaridos. Nadie me escucha ni me ve, lo sé. Lo sé porque en un instante mi llanto es acallado por un clamor frenético que viene de lejos y, sin embargo, duele muy cerca: ¡Vivan los novios!

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Estrategias de combate oníricas

6 Feb

Estamos en guerra. Lo sé porque las calles lucen vacías y hay cadáveres sobre las aceras. Sé que estoy al mando porque camino confiada con una pistola muy grande en la mano (aunque ni siquiera sé cuál es su nombre o el calibre de sus balas). Un pelirrojo muy guapo camina frente a mí. Es muy alto y fornido y cuando por fin lo alcanzo, noto que lleva barba. Hace un amago de sonrisa.

Conversamos. Le digo que para mí es más fácil ir al centro de cómputo e imprimir ahí las constancias, pero él insiste en que trabajaríamos mejor en la biblioteca. En un cubículo, pienso. Digo. No sé. Hace tanto calor ahí, con esos ventanales tan amplios por donde entra el sol toda la tarde. ¿Por qué nunca podemos tener un invierno decente con frío de verdad? Aquí todo son mariconadas. En el centro de cómputo una mujer me detiene para pedirme un kleenex. Su nariz es un torrente de mocos. Encuentro odiosas a las personas ajenas a la institución que ocupan computadoras que nos pertenecen a nosotros, los encargados. Institución, qué palabra tan rimbombante. Pelirrojo Guapo, sin embargo, está de acuerdo conmigo. Nos marchamos sin pagar: estamos en guerra.

Constancias, mapas y reportes hechos, me encuentro con una rubia en el centro. Debo ponerla al día. No va a durar, me digo. O quien sabe, tiene una sonrisa ancha y muy blanca que deja a la vista sus encías; seguro luce muy agresiva mostrando los dientes con rabia. Le veo madera de villana mientras la oigo hablar de su extenso curriculum. El sol le ha manchado la cara y parece mucho mayor de lo que me dice que es. No importa. Le entrego sus papeles y el pastel que su madre le envió. Me da un beso en la mejilla y comenzamos a caminar hasta la base militar.

Es un edificio pintado de color bronce con un gigantesco globo terráqueo de oro en la punta. La fuente en la entrada salpica tanto que Rubia y yo debemos cubrirnos la cara. “¿Es aquí?”, pregunta Rubia. No lo sé. Inclino la cabeza con el ceño fruncido. Creo que este es el Tec Regional. Me excuso con Rubia diciendo que generalmente voy por Mariano Escobedo en el sentido contrario y que el cambio me ha desorientado (lo cual en parte es verdad, en ocasiones me encuentro yendo por calles conocidas en el  sentido contrario del habitual con la sensación de estar entrando en Narnia o el Callejón Diagon. Todo parece tan nuevo). Pelirrojo Guapo se queja de que la arquitectura de nuestra universidad sea tan ordinaria en comparación al Tec Regional y después cruzamos corriendo la fuente hasta el cuartel.

La guía de turistas explica que es justo aquí donde se asesinó al primer indio conchero y que a tan sólo tres cuadras es posible encontrar el monumento en su honor. Interrumpo su explicación para aclararle a los gringos que no, que el monumento se ha perdido, que se lo llevaron los rusos. Rubia, ahora con más manchas y más encías, aunque extrañamente más hermosa, se ríe bajito. La guía de turistas se echa a llorar. El monumento lo tenemos nosotros, almacenado en un Comercial Mexicana.

Pelirrojo Guapo luce serio junto a una lata de frijoles y un viejo letrero de Mamá Lucha. Me dice que la guerra ha terminado. Sólo necesitamos ir a firmar y entregar nuestro kardex. Perfecto. Nos sentamos por última vez en nuestra mesa favorita de la biblioteca y nos dividimos las ganancias.  Estamos a punto de despedirnos pero de pronto él sugiere que los soldados deben recibir alguna especie de compensación. Yo lo tranquilizo diciendo que escribiré al Papa Francisco para que les compre laptops a todos. “Pide también una para ti”, agrega señalándome con el dedo. ¡Es lo menos que puede hacer el Vaticano!  Me da las gracias por todo, un abrazo y un beso rasposo y húmedo en la comisura de los labios.

Me alejo sonriendo, aunque no tanto como Rubia, que con sus enormes encías se acerca hacia mí.