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Quítate el otro

19 Nov

Aún no terminábamos.

No recuerdo bien con qué pretexto, pero Julia se puso a hacer café. Me gustaba mirarla cuando se movía por la cocina: siempre tenía muy claro lo que debía hacer y lo hacía con pulcritud pero sin esfuerzo. Lavaba los trastes inmediatamente después de usarlos, pasaba el trapo por encima de la barra, cambiaba el agua del bote donde enjuagaba la esponja…

Sirvió las dos tazas y acercó a la barra el frasco con azúcar y dos cucharas. Sentada desde el otro lado de la barra, me incliné sobre ella para alcanzar mi taza. (No me gusta estar del otro lado, de su lado. La cocina es tan propia de ella, sólo entro cuando me invita). Endulcé mi café y pronto ella me quitó la cuchara. Fue a lavarla, claro. Sonreí.

Julia lavó las cucharas (ya había preparado su café también) y se llevó consigo la taza hasta el fregadero. Apoyó la cadera en el frío metal de la tina, levantó la taza hasta su boca y me miró. Me sonrojé. Reí con nerviosismo y luego ella también se puso roja. Recordé (recordamos) lo que ahí, en ese mismo sitio donde ahora Julia tomaba su café, había ocurrido.

Con permiso para pasar del otro lado, había distraído a Julia de sus labores y la había arrinconado contra el fregadero. Cuando los besos se tornaron insuficientes, desabroché su blusa. Cuando esto también fue insuficiente, Julia misma desabrochó su pantalón y lo dejó caer hasta las rodillas. Sentada desde el otro lado de la barra, saboreé mi café recordando las manos de Julia en mi nuca, exigentes.

Aún no terminábamos.

Se acabó el café. Tenía la garganta ligeramente escaldada por haberlo tomado tan rápido y caliente, pero me sentía satisfecha de haber concluido ya con esa parte del protocolo. Me levanté y con las manos apoyadas en la barra, impaciente, observé a Julia lavar las tazas. Siempre parecía tan serena cuando realizaba las labores del hogar, tan relajada e indiferente. ¡Nada qué ver con ese gesto serio y enfurruñado que hacía con las cejas cuando la veía trabajar frente a la computadora de la oficina! Cuando terminó, se secó las manos con un paño blanco, muy blanco, y me regaló una de esas sonrisas suyas, con muchos dientes y los ojos achicados, somnolientos.

Salió de la cocina y fue ahora ella la que se lanzó sobre mí. Me dejé llevar, ansiosa, hasta su habitación. Afortunadamente, la casa de Julia era pequeña y no teníamos que recorrer grandes distancias para un nuevo encuentro amoroso con escenario diferente. Ya sentada en la cama, atraje hacia mí a Julia que continuaba de pie e intenté besarla. Me rechazó. Volví a intentarlo y ella se apartó. Me di cuenta entonces de la expresión de horror que tenía en la cara. “¿Qué pasa?”, pregunté. Julia siguió petrificada. “¿Qué pasa?”, insistí. Noté que con una mano sujetaba la tela de su pantalón a la altura de la pantorrilla. “Se me metió un animal”, contestó al fin.

“¿Cómo que un animal?” “Sí, un animal. Creo que es una cucaracha.” El gesto de horror de Julia se transformó en uno de asco. “Lo tengo agarrado.” “Mátalo.” “Cómo lo voy a matar, no seas tonta. Tengo que quitarme el pantalón.” “Te ayudo.” “No, no, no, no.”

Mientras veía a Julia desabrocharse el pantalón (con una sola mano), comencé de veras a angustiarme. ¿Sería en serio una cucaracha? ¿Un alacrán? Peor aún, una lagartija. Julia y yo compartíamos un miedo irracional hacia ellas. “Te ayudo”, volví a sugerir, pero Julia me apartó. Tenía la cara encendida. Entre sus desesperados intentos por desnudarse, hacía pausas para recobrar aliento y maldecir. Finalmente tuve que ayudarla a quitarse los botines. Me arrodillé y saqué el primero. Luego el segundo. “Apúrate”, suplicó. No dejó de mantener la mano apretada sobre el pantalón hasta que se desprendió por completo de él.

Ya en ropa interior, Julia subió a la cama de un brinco y yo me quedé de rodillas frente a su ropa, a la espera de detectar algún movimiento. Levanté la mano con la idea de dejarla caer de golpe donde se suponía que estaba el animal, pero Julia me previno. “No, no, no, lo vas a apachurrar” Me puse de cuclillas entonces y tomé el pantalón de una de las pretinas. De pie, lo levanté rogando a Dios que no fuera a salir una lagartija y de pronto algo golpeó el suelo.

Dos bolitas café, una rueda dorada y un gancho.

“¡¿Qué es?!”

“Mi arete”

Lo recogí del suelo. No entendía nada. Miré a Julia en espera de una respuesta, pero ella estaba tan confundida como yo. Luego sonrío negando con la cabeza.

“¿Pero cómo…?”

“¿Qué no te acuerdas?”

Mi arete atrapado en el pantalón de Julia… claro: yo de rodillas, ella contra el fregadero. Me eché a reír. Doblada por la risa, avancé de espaldas hasta la pared. Julia se sonrojó y bajó de la cama para acallarme. “¡No te burles, el ganchito me raspaba!” Continúe carcajeándome hasta las lágrimas; Julia se fue contra mí con puros manotazos. Cuando esto fue insuficiente, se fue contra mí con ansiosas caricias. “Cállate, cállate.”

Recordé de pronto:

Aún no terminábamos.

Me besó con agresividad, mordiéndome los labios para acallar mis intentos de risa. Se pegó contra mí haciéndome desear que yo también estuviera medio desnuda. Recorrió con las manos mi espalda, me dirigió hasta la cama. Antes de recostarme por completo, se sentó a horcajadas sobre mí. Coloqué sobre el buró el arete que había levantado del piso y Julia me echó hacia atrás el cabello.

Sólo tuvo una última exigencia: “Quítate el otro.”

Obedecí.

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Estrategias de combate oníricas

6 Feb

Estamos en guerra. Lo sé porque las calles lucen vacías y hay cadáveres sobre las aceras. Sé que estoy al mando porque camino confiada con una pistola muy grande en la mano (aunque ni siquiera sé cuál es su nombre o el calibre de sus balas). Un pelirrojo muy guapo camina frente a mí. Es muy alto y fornido y cuando por fin lo alcanzo, noto que lleva barba. Hace un amago de sonrisa.

Conversamos. Le digo que para mí es más fácil ir al centro de cómputo e imprimir ahí las constancias, pero él insiste en que trabajaríamos mejor en la biblioteca. En un cubículo, pienso. Digo. No sé. Hace tanto calor ahí, con esos ventanales tan amplios por donde entra el sol toda la tarde. ¿Por qué nunca podemos tener un invierno decente con frío de verdad? Aquí todo son mariconadas. En el centro de cómputo una mujer me detiene para pedirme un kleenex. Su nariz es un torrente de mocos. Encuentro odiosas a las personas ajenas a la institución que ocupan computadoras que nos pertenecen a nosotros, los encargados. Institución, qué palabra tan rimbombante. Pelirrojo Guapo, sin embargo, está de acuerdo conmigo. Nos marchamos sin pagar: estamos en guerra.

Constancias, mapas y reportes hechos, me encuentro con una rubia en el centro. Debo ponerla al día. No va a durar, me digo. O quien sabe, tiene una sonrisa ancha y muy blanca que deja a la vista sus encías; seguro luce muy agresiva mostrando los dientes con rabia. Le veo madera de villana mientras la oigo hablar de su extenso curriculum. El sol le ha manchado la cara y parece mucho mayor de lo que me dice que es. No importa. Le entrego sus papeles y el pastel que su madre le envió. Me da un beso en la mejilla y comenzamos a caminar hasta la base militar.

Es un edificio pintado de color bronce con un gigantesco globo terráqueo de oro en la punta. La fuente en la entrada salpica tanto que Rubia y yo debemos cubrirnos la cara. “¿Es aquí?”, pregunta Rubia. No lo sé. Inclino la cabeza con el ceño fruncido. Creo que este es el Tec Regional. Me excuso con Rubia diciendo que generalmente voy por Mariano Escobedo en el sentido contrario y que el cambio me ha desorientado (lo cual en parte es verdad, en ocasiones me encuentro yendo por calles conocidas en el  sentido contrario del habitual con la sensación de estar entrando en Narnia o el Callejón Diagon. Todo parece tan nuevo). Pelirrojo Guapo se queja de que la arquitectura de nuestra universidad sea tan ordinaria en comparación al Tec Regional y después cruzamos corriendo la fuente hasta el cuartel.

La guía de turistas explica que es justo aquí donde se asesinó al primer indio conchero y que a tan sólo tres cuadras es posible encontrar el monumento en su honor. Interrumpo su explicación para aclararle a los gringos que no, que el monumento se ha perdido, que se lo llevaron los rusos. Rubia, ahora con más manchas y más encías, aunque extrañamente más hermosa, se ríe bajito. La guía de turistas se echa a llorar. El monumento lo tenemos nosotros, almacenado en un Comercial Mexicana.

Pelirrojo Guapo luce serio junto a una lata de frijoles y un viejo letrero de Mamá Lucha. Me dice que la guerra ha terminado. Sólo necesitamos ir a firmar y entregar nuestro kardex. Perfecto. Nos sentamos por última vez en nuestra mesa favorita de la biblioteca y nos dividimos las ganancias.  Estamos a punto de despedirnos pero de pronto él sugiere que los soldados deben recibir alguna especie de compensación. Yo lo tranquilizo diciendo que escribiré al Papa Francisco para que les compre laptops a todos. “Pide también una para ti”, agrega señalándome con el dedo. ¡Es lo menos que puede hacer el Vaticano!  Me da las gracias por todo, un abrazo y un beso rasposo y húmedo en la comisura de los labios.

Me alejo sonriendo, aunque no tanto como Rubia, que con sus enormes encías se acerca hacia mí.

 

Julia

23 Sep

Lo que más me gusta de Julia es su trenza.

No podría reconocerla sin ella.  Mis ojos siempre la están buscando por toda la redacción, el periódico, la avenida Constituyentes, la ciudad entera.  Me gusta su cara sin pintar, la curva de su nuca, la marca roja que siempre le deja el bolso sobre el hombro, la manera en que tuerce la boca para sonreír, la voz que pone cuando descuelga el teléfono, el hábito que tiene de descalzarse cuando se sienta frente al escritorio, lo esbelta que parece cuando estira el cuerpo sentada y la trenza le cuelga del respaldo de la silla; pero ese detalle, el de la trenza, es el más importante de todos.

Alrededor de él, gira todo lo demás, lo prescindible. Es una trenza larga que empieza desde la coronilla y roza ocasionalmente el sitio donde creo a veces adivinar sus pezones a través de la ropa.  Es una trenza apretada que parece tirar de su frente y le confiere un aire de niña estricta,  aunque tenga la edad suficiente para tener una propia o hasta varias. Es una trenza oscura y gruesa, pesada; Julia la carga en la espalda con elegancia, con soberbia, siempre con la cabeza erguida.

Cuando se acerca a mi mesa y se apoya sobre la superficie con las palmas de las manos, la trenza le queda colgada y se balancea frente a mi cara, hipnotizante. Escucho con atención a Julia, tomo notas, más me vale, todos saben que es de temer; me veo obligada a fingir que Julia no me simpatiza, que su presencia en mi escritorio es invasiva, desagradable, hasta hago como que los post its que deja pegados sobre mi computadora me resultan desagradables, de mal gusto. Que la odio como todos los demás. Que no estoy absurdamente enamorada de ella.  Mi único atrevimiento consiste en decirle que sí a todo: pretendo pasar por hipócrita pero Julia me detecta inequívocamente sincera. Por eso cuando me encuentra en la calle, me saluda sujetándome de los brazos y cuando me besa en la mejilla, puedo oler el aroma a limpio que despide su trenza.

Lo más erótico de la trenza, sin embargo, radica en realidad en la posibilidad de deshacerla.

Me gusta imaginar a Julia sentada sobre su cama, un sillón, o la mismísima silla de su oficina desbaratandose el peinado. Siendo una trenza tan apretada, forzosamente al deshacerla Julia permanecería quieta para no sentir de golpe la descarga de dolor del cabello al moverse. La contemplo por encima de la laptop platicar encerrada con Mirna en la oficina de cristal de los jefes e imagino lo que sería ayudarla a despeinarse. O sin la ayuda, despeinarla sin más.  Tener su cabeza entre mis manos, pasar los dedos entre mechones quebrados de cabello y sentirla revolverse contra mí, la espalda arqueada y la cabeza echada hacia atrás. Me recreo en pensar  lo que sería pasar las yemas de los dedos por su cuero cabelludo y jugar a peinarle el pelo mientras ella cierra los ojos y aprieta los labios para no gemir demasiado alto.  El gesto de placer distorsionaría su cara de muñeca envejecida.